La jornada del viernes fue para Mitarra mucho más interesante e instructiva que la de sus tres compañeros de armas que andaban a su caza y captura por Bilbao. En efecto, la visión en cinemascope que tuvo Mitarra aquella mañana, fue como una película de Sam Peckinpah, pero más a lo bestia y más real que la vida misma. 

Acaso el acceso de Mitarra a los archivos de Akasha, fue debido a los efluvios vaporosos del rocoso aire de Aralar, y acaso también por estar tumbado, boca abajo, con la cara hundida entre las aromáticas hierbas del monte La Trinidad de Erga, enfrente mismo de la altiva sierra de Andia.  

Lo que Mitarra vió, oyó, sintió y comprendió, fue grabado en su consciente tal como sigue: La historia de Nabarra o Nafarroa o Naparroa o Nabarroa, es la historia de los vascos. Es la historia de un sorprendente, misterioso e indómito espíritu de supervivencia, el cual, como a la antigua usanza del dios Kaka, les ha permitido llegar hasta nuestros días.  

Y todo comenzó, alrededor de 8.000 años atrás, cuando desde las montañas de la Iberia caucásica, y tras un largo viaje que se extendió a través de unas cuantas generaciones, llegaron al Pirineo los antiquísimos eguzkos o euskos preindoeuropeos, representantes de uno de los últimos grupos étnicos de la Cuarta Raza Raíz.  

Cuando avistaron por primera vez un río al que le pusieron el nombre de Garona , hacía ya algo más de 2.000 años que la última glaciación había terminado. Así que la mente de Mitarra estaba sumergida en los remotos inicios de los umbrales del Neolítico.  

Mitarra contempló a los constructores de discos solares o lauburus, y fabricantes de pequeños nidos artificiales de piedra, cómo iban llegando a las orillas del Garona. Eran unos cuantos más de cien mil inmigrantes, y estaban organizados en diversas secciones o clanes de variados y pintorescos nombres: Tarbea , Boliatea , Basatea , Eluratea , Ilakteak , Autsikia , Konsorotsona , Konbarona , Bigeria , Tarbeatea , Elurona , Sussatea , Ibardula , Garistia y Aurpegionak .

Las diversas secciones de los euskos estaban hechas en función de su especialidad o utilidad. Así por ejemplo, la sección de Tarbea era la encargada de dirigir y coordinar a todas las demás. Para ello, por las demás secciones, había siempre representantes de esta especie de funcionarios.  

Las secciones cuyos nombres terminaban en atea, que para los euskos significaba entrada, paso, puerta, eran especialistas en defender los posibles pasos a su territorio.  

Las que terminaban en ona, bueno, buena, estaban compuestas por fuerzas militares de élite, que se colocaban en el terreno, bien como bolsas de reserva para acudir a los puntos más críticos de la línea defensiva de las ateas, o bien para misiones suicidas en territorio enemigo.  

Las otras cuatro secciones estaban destinadas a eventos menos bélicos y más espirituales. Así, los de Autsikia eran los encargados de divertir y hacer reír al resto de sus hermanos, para lo cual, estaban organizados como en pequeñas compañías de teatro que se desplazaban continuamente por las otras demarcaciones. De ellos se solía decir que estaban mordidos por la locura, y ellos, para reírse hasta de ellos mismos, solían pronunciar la palabra autsiki como algo parecido a “Auschchiki”. 

Los de Bigerria eran los encargados de pensar, de asesorar a los de Tarbea, por lo cual, eran unos consumados practicantes del arte de la meditación espiritual; y, porque ellos mismos afirmaban que el meditar suponía el ablandamiento de toda idea preconcebida, se les conocía como el pueblo de los blandos.  

Los de Ibardula eran todos poetas, bertsolaris, bardos; y por eso, eran un auténtico desastre para todo aquello que se refiriese al aspecto material de la vida, pero a ellos les daba igual, porque con soñar en el amor y en la belleza, tenían más que cubiertas todas sus necesidades. De todas formas, el resto de los departamentos, especialmente Tarbea, sabía cómo cuidar a sus vates, y siempre les ubicaban en el territorio más bello y poético, regado por multitud de ríos de caudal medio, protegido por suaves montes, salpicado de fértiles valles, y decorado con frondosos bosques. Se les conocía como los Ibardulas, o Ibarudalekuak, o sea, vegas de veraneo.  

Y por último, los de Garistia eran los más sibaritas, prácticamente se podría decir de ellos que, después de cumplir con sus obligaciones materiales, estaban todo el rato dedicándose a los placeres de la comida y del sexo; y por lo tanto, celebrando las mejores y más locas romerías, a las cuales solían acudir el resto de los euskos, eso sí, cuando sus obligaciones se lo permitían. Así que eran los encargados, entre otras cosas, de aprovechar los mejores terrenos para la obtención de la alimentación más óptima, y en ese sentido, las costas, con toda su riqueza en pescados y mariscos, eran un objetivo prioritario; así como las tierras dedicadas a la plantación de trigo. Por eso se les conocía como los de Garistia.  

Una vez conocida las diversas funciones administrativas que tenían los euskos, Mitarra contempló cómo cruzaban, ordenadamente, la corriente de agua del Garona. Continuaron avanzando hacia Occidente, hacia Mendebalde . En su avance, y a su izquierda, divisaban, un poco a lo lejos, unas agrestes montañas, las cuales, aunque menos imponentes que las de su antiguo solar de la Iberia caucásica, les hicieron evocar viejas historias de sus antepasados, que decían que también su lugar de origen era una majestuosa cordillera, situada al otro extremo del mundo, allá en Oriente, allá en Eguzkialde .  

Asimismo, también había otras historias, éstas mucho más remotas, que hablaban de un misterioso origen de sus ancestros; pero estaban ya casi olvidadas por casi todos.  

Poco después de cruzar el Garona, los euskos se encontraron con el Atlántico, al que llamaron Kantauriko itsasoa , por las agitadas y cantarinas aguas que se movían casi siempre de manera incesante y ruidosa por las costas de dicho mar; y los euskos entendieron que habían llegado al final de su larga caminata. 

La zona les pareció de lo más idóneo para sentar sus reales. Además, apenas estaba habitada, salvo por unas pocas criaturas que todavía no habían desarrollado un lenguaje del todo humano. Mitarra contempló al primitivo hombre de Cro Magnon, el soporte físico de la Quinta Raza Raíz, que en pequeñas hordas deambulaban y disfrutaban de su idílico paraje. También comprendió que no eran tan salvajes como su apariencia daba a entender.  

El Cro Magnon conocía la técnica de la pintura, y entre ellos había auténticos artistas que dibujaban y coloreaban con gran precisión los diversos tipos de animales que conocían. Lo solían hacer en las paredes de las grandes grutas, tales como la de Altamira, la de Santimamiñe, la de Ekain, o la de Isturitz, o en tantas otras más. Allí dejaron los antiguos cromañones su artístico legado a toda la posteridad. 

Mientras Mitarra observaba a los auténticos autóctonos de la futura Euskal Herria , los inmigrantes euskos que habían acabado de llegar de Oriente, acamparon a los pies de un monte, que por tener muy buenas praderas para el pasto de sus ovejas y corderos, le pusieron el nombre de Larrona . Allí montaron su primer campamento base, muy cerca de la costa y del mar que, acaso por un atávico instinto, tan poderosamente les atraía. 

Al poco tiempo de acampar, el consejo de ancianos de todos los clanes, el cual se reunía en Tarbea, envió partidas de exploradores, tanto al Norte como al Sur. Las partidas estaban compuestas por pequeñas secciones de cada clan. El resto del personal se quedó a esperar la vuelta de sus informadores. Al cabo de bastante tiempo, algo más de un año, comenzaron a regresar. 

La primera partida en volver fue la que se había dirigido hacia el Norte, hacia Iparralde. Mitarra contempló cómo fueron recibidos como auténticos héroes, y ante el consejo y jefes de los diversos clanes, contaron sus andanzas.  

Narraron que habían subido bordeando toda la costa, y que a poca distancia del campamento base, habían encontrado un río al que llamaron Adurra . Luego siguieron para arriba, y aparecieron unos extensos arenales, cuyo nombre más apropiado les pareció el deLandak . Después de muchas jornadas se toparon con un espléndido estuario, al que pusieron el nombre de Girona por la buena temperatura y clima tan agradable que había.  

A continuación, optaron por dirigirse hacia el Sur, siguiendo el curso del gran río que desembocaba en el estuario, y después de muchísimas jornadas hacia el Sur, llegaron a un lugar cuyas características naturales indicaban que dicho lugar era el mismo sitio por donde habían pasado toda la expedición unos cuantos meses antes en su avance hacia Occidente.  

Comprendieron que dicho río era el mismo que habían bautizado como Garona, y también comprobaron que en ese mismo lugar, era en donde el Garona dejaba de desplazarse hacia Oriente, para reorientarse hacia Occidente. Así que a ese punto tan curioso de inflexión, lo llamaron Tolesa.  

Luego continuaron siguiendo el curso del río hacia el Sur, hacia su nacimiento, y así fue cómo es que se encontraron con las primeras estribaciones de aquellas montañas tan grandes que, también, las habían visto antes. El portavoz de la expedición contó, ante el regocijo de todos los presentes, que lo que más les llamó la atención de los susodichos montes, fue las numerosísimas cabras que había por todas partes, y de esta manera fue cómo recibieron el nombre de montes de cabras, o Ahuntzmendiak .  

Después continuaron internándose por aquellas montañas, hasta llegar al nacimiento del Garona. A poca distancia, brotaba otro riachuelo, pero éste vertía sus aguas hacia el Sur, hacia Hegoalde. Al riachuelo le pusieron el nombre de Norbega , o lugar en donde se derriten las nieves, y continuando la bajada de sus aguas, atravesaron los Auñamendi, para encontrarse al otro lado con unas grandes llanuras o nafas.  

En ese punto fue en donde decidieron regresar al campamento base de Larraona. Lo hicieron desplazándose hacia Occidente, viajando siempre con los Auñamendi a su derecha.  

Según como dio a entender el narrador, una noche que era extremadamente clara, con todas las estrellas refulgando su antiquísima luz, la partida expedicionaria tuvo, a los pies de los Auñamendi, una experiencia difícilmente explicable para aquellas personas que no han tenido la fortuna de experimentarla.  

Al resplandor natural de las innumerables Izarrak del cielo nocturno, se le añadió un sinfín de luces que surcaban el espacio. Fue tal la magnificencia de la situación, que decidieron llamar Ostka a la región que había sido testigo de semejante fenómeno.  

Después de haberse puesto a bien con las fuerzas cósmicas, continuaron su marcha, pasando y bautizando lugares como Aierbe , Itsuerre , y a través de la sierra de Leire , llegaron al río Iratze y después al río Urraibai .  

Pensaron que lo mejor sería seguir aguas arriba del río Urraibai, y así fue cómo se encontraron con el paso natural de los Auñamendi. Al camino que desde siempre ha unido las dos vertientes del Pirineo, lo llamaron Orreaga , por ser un lugar en el que florecían cantidad de unos arbustos con frutos muy olorosos, los cuales les eran conocidos de antes.  

Pasaron el desfiladero, y por el puerto de Ibaieta llegaron a la otra parte de los Pirineos. A partir de ahí, no tardaron mucho en avistar el Larraona y el campamento en donde les esperaban ansiosamente todo el resto de los euskos.  

El portavoz de los expedicionarios acabó su narración, diciendo que la zona que se extiende entre el Kantauri, el Garona y los Auñamendi, le parecía el solar perfecto. Vamos, que si fuera por él, se quedaría toda la vida ahí.  

La segunda partida de exploradores regresó varias lunas más tarde. Según escuchó Mitarra, el portavoz del grupo contó que habían encaminado sus pasos hacia el Sur, vadearon un río al que llamaron Bidasoa , y continuaron hacia abajo. Anduvieron por parajes salpicados de pequeños valles y laderas cubiertas de frondosos bosques.  

Al cabo de unas poquísimas jornadas, contemplaron un gran monte, al que en honor al otro monte que se situaba junto al campamento base, lo bautizaron con el expresivo nombre de Larrunarri .  

Desde su cima contemplaron una agreste sierra, la cual fue denominada como Aralar . Se internaron por los mágicos montes del Aralar hasta divisar, abajo, un ancho valle que discurría entre ellos y otra cadena montañosa.  

Descendieron al valle y estuvieron dudando si dirigirse hacia Oriente a través del valle, o ascender a los otros montes. Optaron por lo segundo.  

Ascendieron las duras laderas, y arriba se encontraron con una inesperada llanura, por donde discurrían innumerables y cantarines riachuelos entre un inacabable bosque que apenas permitía la visión del cielo. No tuvieron más remedio que llamar a la zona con el nombre de Urbasa .  

La explanada boscosa se cortaba de repente, a pico, sobre un exuberante paraje. Desde las alturas de Urbasa vieron el nacimiento de un río. Se fueron para allí, y después de un complicado descenso, allí, en el arroyo, pudieron saciar su sed. Así que pensaron que el nombre de Ega , para el incipiente río que brotaba en aquel lugar, era el más apropiado.  

Decidieron seguir su corriente hasta donde fuese preciso, y de esta manera fue cómo encontraron el gran río del Sur. La ribera del gran río gozaba de una temperatura muy cálida, así que la llamaron Ibarber o también Arribera y después Erribera ; y a la importante corriente de agua que se trasladaba hacia Oriente, la llamaron Ibaibero o Ibaiber. El punto en donde confluía el Ega con el Ibaiber, fue bautizado como Kalagorria , por ser un sitio en el cual las aguas tenían mucha profundidad y estaba rodeado de terrenos de color rojizo. 

En este punto, siguió narrando el portavoz de los exploradores de Hegoalde, la partida se dividió en dos grupos. Uno de ellos continuó aguas abajo por el Ibaibero, y el otro tiró aguas arriba con el fin de encontrar el nacimiento del gran río.  

Ambos grupos, antes de separarse, quedaron en reunirse en el mismo lugar de la escisión. En Kalagorria. Lanzaron unos irrintzis a modo de despedida, los cuales, pensó Mitarra, aún no se parecían en nada a la clásica jota de Calahorra.  

En ese momento de la película multidimensional, multiespacial, multitemporal, y hasta quizás multiholística; Mitarra contempló cómo se adelantaba otro explorador ante el consejo de ancianos, de cuyo relato dedujo que era uno de los que se había dirigido aguas arriba del Ebro.  

El grupito que fue en busca del nacimiento del gran río, en su avance hacia Occidente, se encontró con una sierra de escarpadas paredes rocosas, perfectamente válidas para ejercer de defensa natural ante cualquier ataque por el Sur. Un Bigerria comentó que parecían murallas construidas por los antiquísimos Titanes de Lemuria de la Tercera Raza Raíz. 

Comprendieron que era la defensa natural más idónea para proteger la retaguardia del solar, y en consecuencia, decidieron que las aguas del Ibaibero serían la muga , y que las formidables paredes de piedra, situadas a no mucha distancia del gran río, cumplirían la función de disuasorios murallones, dispuestos estratégicamente allí para dificultar la entrada de cualquier hipotético enemigo que viniese del Sur.  

Por último, para no perder su costumbre de poner nombres a casi todo, también le adjudicaron la correspondiente denominación, y ya que el límite por el Norte era el mar al que habían llamado Kantauri, pensaron que lo apropiado sería llamar a aquellos montes rocosos con el mismo término que el empleado para el límite del Norte. Así fue cómo es que aquellos montes  quedaronse con el nombre de Kantauria .  

Después de semejantes deliberaciones, teñidas incluso de algún que otro verso cantado, prosiguieron la búsqueda del origen perdido del caudaloso Ibaibero, allá por donde se oculta la luz del día.   

A unas pocas jornadas de marcha, y todavía con la sierra de Cantabria a su derecha, los variopintos componentes de la expedición fueron testigos de algo que les dejó sin aliento, aunque para los Bigerrias de la expedición fuera la jubilosa confirmación de uno de sus más viejos conocimientos.  

Lo fantástico comenzó cuando, estando acampados en la orilla del gran río, con la intención de pasar la noche de la manera más confortable posible, observaron cómo a lo lejos, justamente en unos montes que se encuentran enfrente de las agrestes paredes de Kantauria, se encendían y se apagaban unos llamativos fogonazos de un rojo ígneo de alta intensidad. El espectáculo les cautivó y les sorprendió también, porque no entendían el porqué de la intermitencia pictórica. 

Al despertar el día comprobaron que se habían apagado los lejanos fuegos, pero no obstante decidieron dirigirse al misterioso y refulgente lugar. Tardaron algo más de media jornada en acceder a las estribaciones de aquellos desconcertantes montes.  

Sobre una no muy extensa planicie, la cual se iba elevando suavemente hacia unas alturas boscosas, contemplaron, con todo el asombro del mundo, siete impresionantes rostros de gran tamaño, esculpidos en unas rocas que colgaban encima de la explanada, y revestidos de una apariencia mortecina cuya tonalidad les recordó el aspecto que adquieren las brasas cuando el espíritu del fuego comienza a declinar inexorable y lánguidamente, a la manera de la frágil personalidad humana, tan dada a entretenerse en aspectos tales como la familia, la religión, la raza, la nacionalidad, la posesión de bienes y personas, la gloria, y tantos otros juguetes más.  

Los viejos Bigerrias entendieron que se encontraban ante la presencia viva de un legado de la remotísima raza de gigantes, la Tercera Raza Raíz, la que precedió a su ya para entonces antiquísima raza, la Cuarta Raza Raíz.  

Los Bigerrias sabían que su pueblo no era originario de las montañas del Cáucaso; sabían que, antes de su estancia en las faldas del Ararat, su procedencia provenía de viejos continentes que ya habían sido devorados por las aguas de los mares, porque simplemente eran tierras de mareas, porque simplemente fueron engullidos por las caóticas aguas que se producen cada cierto tiempo, cada vez que el eje de la Tierra, en función del traslado de su centro de gravedad, oscila su inclinación.  

En consecuencia con ello también sabían que, muchísimo antes de la última gran catástrofe, las tierras del Mundo, las cuales no se correspondían en nada con la actual distribución, habían sido habitadas por los gigantescos seres de la Tercera Raza Raíz, los andróginos Titanes de Lemuria, los constructores de las impresionantes moles ciclópeas de piedra que se esparcen por Monument Valley en Arizona.  

Además, sabían que los eguzkos pertenecían a una de las últimas subrazas de la Cuarta Raza Raíz, la de los Atlantes que construyeron las tres pirámides del Nilo y que erigieron las estatuas de la Isla de Pascua, así como las cinco desconcertantes estatuas de Bamijan, localidad situada hacia el centro de Afganistán y a casi 8.000 mts. de altitud, sin que por ello, misteriosamente, se encuentre cubierta por los eternos hielos, por las nieves perpetuas que siempre acostumbran a estar presentes a semejante altura.  

Y por último, también sabían que los aborígenes cuya presencia les llamó la atención en las inmediaciones del campamento de Larraona, eran de uno de los muchos grupos étnicos de la incipiente Quinta Raza Raíz, o la raza encargada de evolucionar en los nuevos continentes: las tierras de Europa, parte de Asia, Norte de África y Norte de América. La raza semítica aria indoeuropea de Noé.  

También explicaron que en la ignota y remotísima época de la Tercera Raza Raíz, la de los también etéreos Titanes de Lemuria, la humanidad de entonces conocía el secreto del poder para modelar la materia pétrea de la naturaleza, y que para ello se valían del conocimiento del fuego que no ardía, pero que permitía manejar la piedra como quien juega con un barro hecho de arcilla.  

Y la mejor prueba de ello, concluyeron, era la presencia de los altivos rostros y la luminosidad ígnea que habían presenciado durante la inquietante noche anterior.  

Así que pese a semejante perspectiva, decidieron pernoctar en el mágico lugar, para ver si se volvía a reproducir el espectáculo luminoso; pero nunca más volvió a repetirse.  

La expedición entendió que los fuegos de la noche anterior habían sido como una especie de señal para atraerles a la majestuosidad insolente del lugar, testigo mudo de la grandiosidad pasada de razas ya desaparecidas, como, así mismo, también sería olvidada la suya y todas las que vengan después, hasta que el gran ciclo Manbantar del tiempo se cumpla con el advenimiento y decadencia de la séptima y última subraza de la Séptima Raza Raíz.  

Por todo lo antedicho, entendieron la fragilidad de la soberbia y el valor de la auténtica humildad, tan lejana del boato de la vanidad, y tan próxima a la intrínseca esencia del ser, o ezertar

Después de varios días de estancia en el ancestral entorno, la columna exploradora abandonó el lugar, dejando a unos cuantos Bigerrias y algún que otro Ibardula al cuidado del ámbito que como esfera luminosa sigue girando sin principio ni fin.  

Los que se quedaron excavaron grutas en la ladera de un montículo próximo a los pétreos rostros, para encerrarse en ellas a la manera del místico anacoreta, o del asceta ermitaño, o de cualquier otro tipo de eremita yogui devocional. 

También, ¡cómo no¡, bautizaron el emplazamiento, el cual les recordaría para siempre la inexorable futilidad humana, con el certero y enigmático nombre de Suso .  

El resto de la expedición tardó muchas jornadas en encontrar el origen del Ibaibero, pero porque el que persevera casi siempre consigue su objetivo, los exploradores euskos también acabaron llegando a las fuentes del gran río del Sur.  

Allí, bajo las fuentes del arroyo, uno de los componentes de la partida, el cual se ve que poseía ciertas capacidades electromagnéticas, afirmó con gran seguridad que aquella zona estaba repleta de fuerzas telúricas, como si de un inmenso generador o fuente de vida se tratase; y por lo tanto, como siempre, procedieron a darle un nombre, aunque debido a que a esas alturas del viaje no estaba la expedición para pensar mucho, se les ocurrió que Iturbere era de lo más apropiado.  

Una vez bautizado el lugar del nacimiento del Ebro, Mitarra siguió contemplando las idas y venidas de aquellos euskos metidos a exploradores de ignotos parajes. La partida se tomó unos días de descanso en la mágica zona, y desde ella observaron una gran montaña que se elevaba un poco más allá. 

Decidieron que dicho monte podía ser el límite por Occidente para su solar, y que el susodicho monte sería la altura que diera sentido estratégico a la zona; y optaron por llamarlo Korde .  

Los más osados de la partida se fueron para la cumbre de más de 2.000 mts. de altura, y tuvieron la fortuna de descubrir desde allí y a lo lejos, hacia el Norte, un mar de un azul intenso que supusieron que sería el Kantauri. También vieron a los pies del Korde el nacimiento de otro río.  

Bajaron al campamento base de Iturbere, y toda la expedición se fue a conocer al nuevo río. Lo llamaron Sahats por la abundancia de sauces que había por la zona.  

Después se fueron aguas abajo, hacia arriba, hacia el Kantauri, siguiendo el curso del Sahats. Pasaron por lugares, bautizándolos como Ibarrez , Luzemehala , Erregaino Iboia , Mihare , para, después de un sinfín de aventuras, llegar a la desembocadura del Sahats, la cual era una pequeña pero bonita ría.  

En la orilla oriental de la ría, y enfrente del Kantauri, celebraron el reencuentro con su mar. Para ello hicieron una gran hoguera, y durante varios días se dedicaron a bailar, beber y practicar la sana costumbre del disfrute del sexo. 

Mitarra contempló, no sin un cierto asombro, cómo tanto los hombres como las mujeres de la partida, se despojaban de sus vestiduras, y a continuación saltaban y giraban en torno al fuego. Después se miraban los unos a las otras, o las otras a los unos, o los unos a los unos, o las otras a las otras, y tras mostrar y tocarse sus partes sexuales, se emparejaban y se distribuían sobre la hierba para gozar del viejo encanto de la naturaleza. El lugar en donde celebraron la atrevida romería, fue denominado como Suantzi

Pero los Tarbeas y Bigerrias de la expedición, que eran menos proclives a los escarceos, regodeos y placeres de la carne, cuando creyeron que ya estaba bien, pusieron a toda la comitiva en marcha hacia Oriente. Había que volver a Kalagorria, pero para ello se fueron por toda la cornisa cantábrica.  

Mitarra contempló cómo iban encontrando nuevos ríos que desembocaban en el Kantauri: Aizon , Ibaizabal , Deba , Urumea ; para llegar por fin a un paisaje que ya conocían: el río Bidasoa.  

Comprendieron que habían rodeado el perímetro de una amplia zona, y contentos y satisfechos se dirigieron hacia el Sur, hacia Kalagorria, por el mismo itinerario que el utilizado varias lunas atrás. Allí pensaban reunirse con el grupo que se había encaminado aguas abajo, pero en Kalagorria no les esperaba nadie. 

La expedición cántabra tuvo que aguardar durante una buena temporada el regreso de la expedición aragonesa, y aprovecharon la ocasión, a instancias de los Bigerrias, para construir por los alrededores unas pequeñas especies de chozas, pero realizadas con grandes losas de piedra, las cuales las ponían de manera vertical, a modo de tabiques de roca, para después colocar otra en sentido horizontal encima de las verticales, a modo de techo.  

La función de estas construcciones era la de crear un agradable lugar de recogimiento a la hora de hacer sus meditaciones trascendentales. Eran como unos nidos de piedra, arra , en contacto con el magnetismo de la Tierra, impregnados de la fuerza intrínseca de la densa materia de la piedra, tar , y bombardeados por las sutiles energías de los “Pulsar” que surcan la bóveda del Universo.  

En este punto de la visión en cinemascope, Mitarra se apercibió de dos aspectos que sucedieron en el lugar del consejo de ancianos. Uno, nuevo para él, fue que se dio cuenta de que el presidente del consejo no era hombre, sino mujer, y que la mayoría de dicho consejo estaba formado por ancianas y no por ancianos. Amamas y Atatas  

El otro fue la retirada del explorador que había informado de su viaje por la cornisa cantábrica, dando así la oportunidad al que se había ido aguas abajo del Ebro para volver a retomar la palabra. Explicó que su expedición no había sido tan agradable, pero que al final ellos también habían logrado contornear un perímetro bastante preciso de definir.  

Este grupo encaminó su andar por la ribera del Ibaibero hacia Oriente, hacia su desembocadura, y en efecto no tuvo tanta fortuna. A medida que descendían aguas abajo, fueron encontrando, cada vez más, a unos seres de similares características a las que tenían los que habían visto por la zona del campamento base de Larraona.  

Quizás eran algo más pequeños, pero no tan amigables. Al principio, los cromañones de la Ibarbero les solían hacer gestos hostiles con sus largos palos, sin embargo, nunca se acercaban de manera preocupante a la expedición. Al menos hasta que llegaron a un punto del Ibaibero en el que confluía un río que bajaba desde el Norte. 

El portavoz del grupo explicó a sus atentos oyentes que en aquel lugar decidieron parar, durante una temporada, para reponer fuerzas, y de paso resguardarse del sofocante calor que cada vez era más acuciante.  

Pero se ve que aquella zona era muy importante también para sus autóctonos, porque éstos se mostraron más numerosos y más hostiles. No obstante, nunca les llegaron a atacar, acaso porque les desconcertaron los diferentes y variados rayos de luz que emitían unos cristales que refractaban la luz solar, los cuales estaban insertados en el centro de cada disco solar que portaban todos y cada uno de los eguzkos.  

El caso es que el lugar elegido para reponer fuerzas, no era todo lo seguro que se podría desear, pero tenía otras ventajas nada despreciables: La zona disfrutaba de una temperatura maravillosa a la vera del refrescante Ibaibero, que pese a lo que su nombre pueda dar a entender, era el elemento adecuado para conjugar en un todo, el calor de la abrasada tierra con la frescura de la vitalizante agua.  

El Ibaibero era el que se ocupaba de transformar las áridas tierras en floridos vergeles, allá por donde pasasen sus aguas. El gran río del Sur era un creador de oasis y vida.  

Los euskos disfrutaron de su estancia en aquel paradisíaco lugar, y tras un merecido descanso, se dispusieron a continuar su expedición aguas abajo, hacia el extenuante calor que asomaba por el Este del oasis. Pero antes de internarse por el desierto, tuvieron el detalle de inmortalizar aquel lugar para la posteridad con el nombre de Zargozoa , por el placer y felicidad que habían disfrutado en la confluencia de los dos ríos.  

A medida que se iban internando por el desierto de Mendierre , el calor fue más sofocante, lo cual les obligó a no apartarse mucho de las refrescantes orillas del río que les servía de guía hacia Oriente. En un punto del trayecto, comprobaron que las berzas que iban plantando, como pequeñas reservas alimenticias para una posible necesidad en el futuro, en vez de agarrarse y asentarse en la tierra, al cabo de uno o dos días se ajaban y se ponían mustias. El lugar se quedó con el nombre de Azahila para unos, y para otros con el de Azaida .  

A partir de este sitio, la temperatura, a medida que seguían avanzando, fue refrescándose poco a poco; y así fue cómo llegaron a una áspera sierra de duros montes, la cual fue bautizada como Mehekoentza .  

En el extremo más oriental de la pequeña cordillera, se encontraron con una agradable sorpresa. Un caudaloso río, que descendía del Norte, confluía con el Ibaibero, creándose en su unión una vega de incomparable fertilidad.  

Pero no todo eran buenas noticias, en este sitio privilegiado volvieron a constatar que la presencia de autóctonos se intensificaba, así como su hostilidad.  

Los euskos, tras una acalorada discusión, decidieron que no era prudente continuar aguas abajo, y que lo mejor sería subir por el nuevo río hacia el Norte. Así lo hicieron, y en un lugar al que llamaron Aitaona , tuvieron la para ellos no misteriosa aparición de un Maestro espiritual, el cual les dijo que ya les faltaba menos para terminar su recorrido turístico, pero que aún les quedaba lo peor.  

El Maestro, al cual llamaron Jaungoikoa , se puso en plan profeta, y les explicó lo que Mitarra entendió como sigue: — Durante incontables generaciones habéis vagado por el camino que enlaza el centro del Nuevo Mundo con las tierras de Occidente. Ha sido un gran viaje, pero habéis arribado ya a vuestro destino, a vuestro solar. Podéis, si así lo deseáis, mostraros satisfechos, pero no olvidéis nunca que lo de menos es la posesión de la tierra, no olvidéis que lo realmente importante es que es en estas tierras en donde debéis de preservar  vuestros conocimientos.  

“Ahora estamos en los albores de las nuevas civilizaciones que en su día ocuparán y dominarán Occidente, y vosotros, por ser el pueblo más antiguo de todos ellos, tenéis el deber y la responsabilidad de transmitir vuestro saber, sobre todo el referente a la defensa de la dignidad a la que todos los seres tienen derecho por ser hijos del Sol, de Ortzi , de la Naturaleza y del libre albedrío”.  

“Esta enseñanza la tendréis que mantener en esta parte del Mundo, para que las jóvenes razas, pueblos y naciones que vayan surgiendo con el transcurrir de la Historia, tengan una referencia hasta que ellos mismos, y por su propia convicción, puedan desarrollar unas normas parecidas de convivencia”.  

“Vuestra estancia en estas tierras es para eso, es para que cuando, en su natural ignorancia y en su infantil egoísmo de querer imponerse o arrebatar las cosas por medio de la fuerza, los futuros pueblos intenten borrar vuestras formas de entender la vida; vosotros, los hijos del Sol, os mantengáis firmes contra todo aquello que no quiera respetar el sagrado derecho a ejercer la libre voluntad en todo momento y ocasión”.  

“El combate será desigual porque os enfrentaréis a grandes pueblos; y no siempre seréis capaces de manteneros incólumes; y perderéis grandes extensiones del solar que acabáis de conocer; y parecerá que vuestras costumbres y vuestro idioma, que viene directamente de la noche de los tiempos y de civilizaciones que vuestra mente no puede ni imaginar, serán barridos por culturas más jóvenes; y, sin embargo, ése es vuestro épico destino. Tendréis que esperar a que los seres, que van a convivir y enfrentarse en muchos casos con vosotros, adopten, al cabo de muchos milenios, vuestras formas de pensar y de respetar en todo momento el derecho natural a la libertad individual y colectiva”.  

“Y para eso, os harán falta muchas cualidades, pero sobre todo una: tener mucho corazón. Y para que nunca lo olvidéis, por ello es que vuestro solar, con el paso de la Historia, se verá abocado a un contorno que dibujará con precisión un gran corazón”.  

Agur mutilak , y tener siempre presente que lo fundamental es el corazón, y no la extensión de tal o cual nación, que por definición y sin ninguna excepción, son todas transitorias, efímeras y de escasa duración”.  

Después de semejante sermón, la comitiva reanudó sus andanzas exploratorias y continuó aguas arriba por el nuevo río del Norte. Al poco tiempo se toparon con un lugar de indescriptible belleza, pero en el que parecía que se habían reunido todos los autóctonos del Ibaibero y de su Ibarbero.  

Los eguzkos o euskos comenzaron a llamarles con el nombre de Ibarkos o Iberkos. No obstante, los Iberkos no estaban para celebraciones ni bautizos, y plantaron cara a la expedición. Los eguzkos tuvieron que recurrir de nuevo a sus sofisticadas armas de disuasión, pero los rayos solares que surgían de sus discos, no sirvieron esta vez.  

Los más osados de entre los Iberkos, no se amedentraron esta vez, y alguno de ellos logró entrar dentro del recinto defensivo de los euskos. En la refriega, dos expedicionarios resultaron mal heridos, y no pudieron ser debidamente atendidos hasta que se volvió a restablecer el orden. 

Una vez repuestos del susto, consideraron que el sitio era bastante peligroso, y optaron por marchar cuanto antes de él, no sin antes molestarse en ponerle el nombre más adecuado. Se decidieron por el de Ilerdia para el lugar, y para el río nuevo que les llevaría hacia el Norte, pensaron que no le vendría nada mal el apelativo de Arriberangogortza .  

Así que Mitarra contempló cómo remontaban el río, en busca de su nacimiento, allá por el frío Norte. Antes de llegar a los majestuosos montes que se comenzaban a percibir, pasaron y bautizaron lugares como Alferrak , Ager , Aran y Barrura . Los calores de la ribera del Ebro fueron sustituidos por las nieves de aquellos montes tan altos y con tantas cabras. Los componentes de la expedición también los llamaron Auñamendiak, y así fue cómo encontraron el nacimiento del río Ribagorzana. 

Allí tuvieron una grata sorpresa. Comprobaron con regocijo que toda la zona estaba señalizada con inscripciones de símbolos euskos, así que dilucidaron sin lugar a dudas que por allí había pasado la expedición que salió desde el campamento base de Larraona hacia Iparralde. Supusieron que era un buen augurio el hecho de que ambas expediciones hubiesen llegado al mismo punto por caminos tan aparentemente opuestos.  

Estuvieron varios días celebrándolo a todo trapo; y porque en dicha zona había cantidad de muérdago; y, además, porque esta planta era para ellos una señal que auguraba buenos tiempos venideros, optaron por bautizar al lugar con el nombre de Miharan

También comprobaron que la expedición de Iparralde que había llegado antes que la suya a Miharan, había iniciado el regreso siguiendo una ruta por el Sur de los Auñamendiak, por lo cual, ellos lo hicieron por una más al Norte.  

Pasaron por Bieltza , por Bieskas , por Jaka , para encontrarse de nuevo con las pistas que iba dejando la otra expedición por los montes de Leire. Siguieron esta vez la misma ruta empleada por sus predecesores, y al llegar al paso de Orreaga, optaron por no pasar a la otra parte, y prosiguieron hacia Occidente, cruzando el monte Adartza , hasta encontrarse con el Bidasoa que ya conocían desde el principio de la gran “tourné”. 

Así que, escuchó Mitarra de labios del portavoz de Hegoalde, para terminar cuanto antes esta interminable narración turística, la expedición descendió rápidamente hacia Kalagorria, donde se encontraron con unos saneados y relajados compañeros de aventuras, los cuales recibieron con gran jolgorio a los sufridos exploradores que llegaban medio derrengados, tras internarse por la parte más dura de la primitiva Euskal Herria.  

Una vez acabada la narración de la expedición de Hegoalde, y sin olvidar la información suministrada por la de Iparralde, casi ya un año atrás, el consejo de ancianas y pocos ancianos, estuvo deliberando durante un buen rato.  

Mitarra no estuvo muy atento a las deliberaciones del consejo, y se dedicó a investigar por qué había más mujeres que hombres en el gobierno de los antiguos euskos. Examinó la situación, y recordó que para acceder a cualquier información de su subconsciente, sólo había que desearlo y pedirlo a continuación. Hizo la pregunta y la respuesta le vino al instante. 

Mitarra comprendió por qué para expresar las palabras “mano izquierda”, los antiguos euskos lo definían como “ezkuarra”, es decir, “la mano macho”, mano piedra, mano masculina, ezkerra. Por el contrario, también comprendió por qué para la mano derecha, empleaban el término “ezkuema”, es decir “mano hembra”, mano femenina, ezkuma.  

Entendió que la mano izquierda, la parte izquierda del cuerpo, está más ligada al hemisferio derecho del cerebro que al izquierdo; y que la derecha, la parte derecha del cuerpo, está más ligada al hemisferio izquierdo que al otro.  

En consecuencia, la mano masculina, la ezkerra, dependía más del subconsciente que del consciente, y por lo tanto, eso significaba, empleando una directa analogía, que los antiguos hombres euskos eran más imaginativos, más soñadores y más pasivos que las mujeres, las cuales, por depender más del consciente que de su opuesto, eran más prácticas, más organizadoras y más activas. 

Es decir, cuando aquello, en el pueblo euskaldun , lo masculino era la imaginación, y lo femenino era la voluntad. 

Mitarra se asombró de que en aquella época de auténtica épica, los euskos tuviesen la polaridad mental orientada en sentido opuesto a la de ahora. Así que entendió por qué todavía las mujeres vascas eran las más apropiadas para los asuntos de gobierno y dirección; y por qué, en cambio, los hombres vascos son tan propensos a la práctica del juego, del placer, de la creatividad, de la gastronomía, de los versos y de la alegría en general y en sus más diversas vertientes.  

Así fue cómo Mitarra se enteró de dónde venía que las mujeres vascas fueran tan serias y responsables, y en cambio, los hombres vascos tan golfos y juerguistas.  

Por eso, en los inicios del Neolítico, los euskos tenían en las mujeres sus elementos más valiosos en cuanto a voluntad y capacidad racionalizadora; y en los hombres tenían la inteligencia y la capacidad imaginativa. Y por eso, las mujeres eran las que más puestos ejecutivos ocupaban en la elemental y sabia organización de aquellos seres tan antiguos y tan desconocidos.  

Mitarra quedó satisfecho con la explicación obtenida, y se dispuso a enfocar su atención en las deliberaciones del consejo. Todos sus componentes aceptaron los límites del solar que la Providencia les había otorgado. Por el Norte estaría delimitado por el Garona. Por el Sur por el Ibaibero. El lugar más al Norte sería Girona. Al Sur serían las paredes rocosas de la sierra de Kantauria. Por Occidente estaba Mihare, y por Oriente Miharan.  

Celebraron con unos cuantos versos que su tierra estuviese entre muérdago, el cual, como ya sabía Mitarra, era la planta de los buenos augurios. 

Después de la aceptación de la territorialidad, y después de recapacitar en las palabras del Maestro de Aitaona, y después de comprometerse a preservar en el sentido de la igualdad entre todas las personas; procedieron a distribuir a las distintas secciones administrativas, clanes, tribus o pueblos, en función de su ubicación más idónea. 

Lo primero que decidieron fue en dónde ubicar a los Tarbeas, que para eso eran los dirigentes de los euskos. Estimaron que el lugar más estratégico y más centrado era la zona que se extiende del Bidasoa al Adurra.  

A continuación, ya que el país estaba dividido en dos vertientes por causa de los Auñamendiak, procedieron a denominar a la del Norte como Iparralde , y a la del Sur como Egoalde .  

Luego se hizo la distribución de Iparralde. En primer lugar colocaron a dos aguerridas tribus para la defensa de Tarbea. Al nordeste del gobierno se pusieron los Tarbeateas, y al sudeste los Eluronas, los cuales también fueron encargados de la custodia del paso de Orreaga.  

Más hacia Oriente, ubicaron a dos tribus de las más aguerridas de entre todas ellas. Estos dos pueblos ocuparían ambas orillas del Garona hasta Tolesa, siendo los Konsorotsonas los que se dispusieron a modo de punta de lanza para frenar las posibles llegadas de otros pueblos desde Oriente, y asimismo se encargaron del paso de Andorratz . A la retaguardia de éstos, estarían los Konbaronas, que tampoco eran mancos.  

Al norte de estos dos pueblos, y ya siempre en la orilla izquierda del Garona, se fueron distribuyendo los Ilakteas, los Elurateas, los Basateas, y por último los Boliateas, cubriendo así todos los posibles accesos del arco que describe el Garona desde Tolesa a Girona. 

Y para acabar con el reparto de las tierras de Iparralde, a los Bigerrias y a los Autsikias, dado que la función social de los unos era la de fomentar la inteligencia, y la de los otros, la de alegrar el corazón al resto de sus paisanos; se les ubicó en la zona más protegida.  

Así, los Bigerrias estaban al este de los Tarbeateas y de los Eluronas, y por el norte tenían a los Elurateas; y los Autsikias estaban al este de los Bigerrias, pero protegidos al norte por los Elurateas e Ilakteas, y al este y al sur por los Konsorotsonas y Konbaronas.  

Todos estuvieron de acuerdo con la distribución de tierras realizadas, y cada cual partió para su destino. A continuación se procedió a hacer lo mismo con Hegoalde.  

Para ello se tuvo muy en cuenta toda la información suministrada por los exploradores del Sur, especialmente la referente a las características del extremo más oriental del país. El consejo de ancianas dio por bueno que la muga o límite por Oriente fuese el río Norbega Arriberangogortza, a pesar de las extensas llanuras o nafas, completamente resecadas por un Sol abrasador, que se extendían por la parte oriental del triángulo formado por el Ibaibero, el Norbega y los Auñamendi con la prolongación de la cornisa cantábrica.  

Así que en la zona casi desértica del este de Hegoalde, decidieron establecer pequeñas colonias de Sussateas o guerreros del fuego, siendo los más orientales, los más próximos a Ilerdia, conocidos o llamados como Ilerdiateas con el transcurso del tiempo.  

Al norte de los Sussateas, o también Nafarras, en la vertiente meridional de los Auñamendiak, se establecieron destacamentos escogidos entre los Eluronas y Konbaronas de Iparralde, los cuales, también con el transcurso del tiempo, fueron conocidos como los Jakateas , debido a su ubicación por las inmediaciones de Jaka.  

Más hacia Occidente, al oeste de los Nafarras o Sussateas, donde terminaba el desierto, o en la boca de la nafa, se extendían unas incomparables tierras que en un principio fueron llamadas Nafarroa, pero después, debido a la riqueza forestal del terreno, también fue conocida como Basaona . Estas tierras fueron pobladas por algunos Tarbeas y por unos cuantos Eluronas, los cuales, todos ellos, acabaron por ser conocidos como Basakos o Basakonas .  

El consejo de ancianas entendió que Nafarroa era el corazón del país, y como tal la ubicó perfectamente. Al norte tendría la protección de los Auñamendiak; al este, los inmensos espacios abiertos de los Nafarras; al oeste, una salida al Kantauri entre los ríos Bidasoa y Urumea; y al sur, las vivificantes aguas del Ibaibero. 

Una vez bien ubicado el corazón del país, se procedió a asentar a los idealistas y poéticos Ibardulas. La zona elegida, por ser la más apacible y bucólica, fue al oeste de Nafarroa, entre los ríos Urumea y Deba, y por el sur, otra vez las aguas del Ibaibero limitaban su expansión.  

A continuación se asentó a los vividores de los Garistias. Para ellos fue la parte de la costa que reunía las mejores características en cuanto a aprovechamiento de los recursos naturales de la pesca. Se hartaron de pulpos, percebes, almejas, lapas, caracolillos, mejillones, ostras, quisquillón y angulas. Se ubicaron entre los ríos Deba e Ibaizabal, y por el sur, tendrían los ricos trigales de Araba hasta, una vez más, las aguas del Ibaibero. 

Sólo quedaba por cubrir la zona más occidental de Hegoalde, y para ello, como en el caso de la más oriental de Iparralde, se envió para allí a otra tribu de guerreros, cuya situación sobre el terreno fue como otra punta de lanza. A la retaguardia del extremo, entre los ríos Ibaizabal y Aizon, y con el Ibaibero por debajo, se asentaron los Aurpegionas; y en la mismísima punta de la lanza, entre los ríos Aizon, Sahats e Ibaibero, se atrevieron a quedarse los más osados de entre los Aurpegionas o Aurigones, los cuales con el tiempo, adoptaron, en honor al mar que les bañaba, el nombre de Kantaurikos .  

Mitarra contempló toda la distribución de la originaria Euskal Herria, y no pudo dejar de congraciarse con la inteligencia de aquellos primitivos vascos. El norte del país era como una fortaleza para intentar evitar la llegada por Oriente de cualquier pueblo con ganas de entrar hasta la cocina.  

Después estaban los Pirineos que partían el país en dos vertientes casi simétricas, como si fuesen los dos hemisferios del cerebro. Luego estaban las comunicaciones naturales de la desembocadura del Bidasoa y de los pasos de Orreaga y Andorratz, para unir ambas partes de la manera más fluida posible.  

A continuación se fijó en el sur del país, con la extensa zona casi desértica y apenas poblada que había en la parte más oriental. Era una especie de tierra de nadie, pero con la función de hacer como de colchón a posibles invasiones provenientes desde la orilla derecha del Ribagorçana. Luego estaba Nafarroa, el corazón, con su salida al mar, al igual que el resto de los demás pueblos que se extendían al Occidente de Hegoalde. Mitarra reconoció que la distribución sobre el terreno de los Aurpegionas, Garistias e Ibardulas, era mucho más justa, igualitaria y marítima que la que posteriormente adoptaron los vizcainos, alaveses y guipuzcoanos.  

Y por último, también le pareció perfecta la ubicación del gobierno del país, Tarbea, estratégicamente situada en la parte más íntima, y en el mismísimo vértice del que mucho más tarde sería conocido como Golfo de Biscaia o Vizcaya para unos, o de Guasconia o Gascogne para otros. 

En efecto, siguió meditando Mitarra en todo lo que estaba contemplando, el solar no sería muy extenso, pero tenía todo lo que tenía que tener: Extensas landas costeras que llegaban hasta la desembocadura del Garona; ubérrimas campiñas verdes, onduladas por suaves colinas que se esparcían entre las playas de la costa y el cauce del Garona; una impresionante cadena de montes cubiertos de frondosísimos bosques y habitados en sus más inaccesibles cumbres por auténticas legiones de saltarinas cabras; una prolongada, rica y cómoda costa, que formando un caprichoso ángulo recto en su mitad, iba desde la desembocadura del Garona hasta el nacimiento del Ebro; unas bien regadas llanuras de Nabarra, de Araba y de la Erriotza del norte del Ebro, estaban al sur de los grandes montes habitados por cabras; en el oeste, en la costa del Cantábrico, estaban las verdes y apropiadas campas para el desarrollo de la ganadería, y en menor medida de la agricultura; y al norte de los Pirineos, el terreno era perfecto para la agricultura, así como para la ganadería. 

Durante cinco mil años, repartidos entre el Neolítico y la Edad del Bronce, desarrollaron la agricultura y la ganadería. Fueron grandes comedores de nueces, manzanas, setas, berza, pescados, mariscos, caracoles, pan y diversos productos lácteos de excelente label.  

Fueron grandes constructores de dólmenes, y apenas edificaron poblados. Prefirieron vivir desperdigados por las llanuras, valles, montes y pequeñas colinas que configuran la orografía de Euskal Herria, o Eguzkia , tal como ellos lo llamaban, hasta perder por algún frío súbito la raíz eg de Eguzkia y quedando en Uzkia o Euskia.  

Se relacionaron con los cromañones autóctonos y les enseñaron el lenguaje de los hijos del Sol y algunas cosas más; propiciando de esta manera el desarrollo de los Iberkos, los cuales, varios milenios más tarde y a partir del sur del Ebro, crearon una cultura propia y se organizaron para formar el lúdico y artístico Pueblo Ibero, o Ibérico, de usos, creencias, costumbres e idioma parecidos a los de los euskos que habitaban del Ebro para arriba.  

Fue la época del culto a la mujer y a la madre Naturaleza, adoraron a los árboles, en especial al Espino en flor, y practicaron el arte de enfrentarse solos, desprovistos de toda vestimenta, y con un pequeño retal de tela en la mano, a unos enormes toros a los que había que sortear y esquivar cuan perfectas bailarinas.  

Por eso, las mujeres eran las más hábiles en esta suerte, y porque el requisito imprescindible para acceder a la categoría de Tarbea, además del de electo, era el ser un consumado maestro en este arte, las mujeres eran las que más fácil lo tenían. Aquellos antiguos vascos sabían que para saber gobernar, era antes preciso saber torear. 

Pero también tuvieron sus olvidos, y uno de ellos fue perder el conocimiento de su origen, el cual sólo quedó en la memoria de los belagiles o basajaunak , todos ellos sencillos discípulos de los míticos Bigerrias.  

No obstante, el más determinante, el más humano, no lo olvidaron. No olvidaron la vieja ley que decía que todas las personas eran señores y amos, jaun eta jabe, de sí mismos, con unos derechos naturales y ancestrales que nadie, ni el mismísimo Dios, podía arrebatar. En consecuencia con la vieja ley, institucionalizaron las asambleas de vecinos bajo la protección de grandes robles. 

Mitarra contempló la casi idílica existencia de los antiguos euskos durante tantos milenios, y comprobó que el país, además de su distribución en diversos pueblos o departamentos, también poseía sus centros de fuerza, como la estructura de los chakras en las personas: El primer chakra, o el último según cómo se mire, era Occidente, el mar, la puesta del Sol; el segundo era Tarbea; el tercero era Tarnos; el cuarto era Tardets; el quinto era Tartas; el sexto era Tarbes; y el séptimo y último era Tarazkena o Tarascon. Este último era el chakra del dios Kaka, el de la voluntad y el de la supervivencia, el más primitivo, pero también el más básico. 

Pero Mitarra vio unos oscuros nubarrones que presagiaban grandes tormentas y sinsabores. Con el principio de la Edad del Hierro, hará unos tres mil años, comenzaron los primeros problemas con los pueblos que iban llegando. Los antiguos agricultores, pastores y pescadores, todos ellos medio anarcos, que se expresaban en euskera preindoeuropeo, no sabían lo que les esperaba: Tres mil años de ininterrumpidas luchas contra todo Dios.  

Los jóvenes pueblos del mundo iniciaban el asalto de la antiquísima fortaleza de los ya para entonces viejos euskos. Y los primeros en aparecer, con no muy buenas intenciones, fueron los bravos Celtas indoeuropeos.  

Por esa época, los emotivos guerreros Celtas, desde la actual Suiza, concretamente desde La Téne, se irradiaron militarmente por toda Europa. Eran un pueblo esencialmente militar y religioso, que, además de ser unos bravos guerreros en el campo de batalla, estaban mentalmente constituidos como si hubiesen sido especialmente diseñados para la lucha.  

Eran los guerreros por excelencia. Era tal su dedicación y preparación para la guerra, que hasta el Paraíso que se imaginaban que encontrarían después de la muerte, la cual, ¡cómo no¡, tenía que ser en combate, consistía en un enorme salón, artesonado de grandes vigas de madera, en donde estaban todos los días de la eternidad batallando entre sí, y al final de cada jornada de esforzado combate, todos los guerreros, incluidos los muertos y heridos, los cuales resucitaban o sanaban, se dedicaban a comer carnes asadas y a beber cerveza sin parar durante toda la noche hasta el despertar del nuevo día, en el que comenzaban de nuevo a guerrear.  

Y así todos los días de la eternidad. Los Celtas sólo vivían para la guerra, sin disfrutar apenas del sexo, y sin conocer el sentimiento de la compasión y del amor.  

En fin, pensó Mitarra, eran unos fanáticos de cuidado y más peligrosos que una manada de hambrientos lobos procedentes de las nevadas cumbres de los Alpes, de cuyos ricos valles se podría decir, sin ser por ello demasiado atrevido, que fueron testigos del inicio de una de las mayores y más sangrientas conquistas militares de toda la Historia: la celtificación de Europa. 

Además, su superioridad militar estribaba en que fueron los primeros en construir sus armas con un nuevo metal mucho más duro que el antiguo bronce: el hierro. Su vigor físico lo obtenían de unas acertadas y apropiadas dosis de sal que extraían de varios yacimientos, entre los cuales estaba el de Halsttat al sur de Alemania. Su fanatismo religioso se lo suministraba una bien organizada estructura religiosa de brujos o druidas.  

En unos 500 años, conquistaron toda Europa e hicieron, a través de los Urales, varias incursiones por Asia, para recordar viejos tiempos pasados allí. Por aquella época, los antiguos etruscos o también euskos, según alguna que otra romántica teoría, comenzaron a sentir los primeros coletazos del imperialismo de lo que después fue el Imperio Romano. Los Celtas derrotaron a los inexpertos romanos en la batalla de Alía, y con Brenno como líder, tomaron la ciudad de Roma, fundada un poco antes por Rómulo y Remo según dicen.  

Toda Europa cayó bajo su dominio. Con Roma llegaron a una entente y se retiraron al norte de Italia. Con el resto, a excepción de con los euskos, no hubo ningún acuerdo más.  

Conquistaron militarmente toda Europa. Irlanda, Inglaterra, Escocia, Península Ibérica, a excepción del norte del Ebro, toda Francia, a excepción del sur del Garona, el Benelux, y todo el centro de Europa, hasta llegar al mar Negro y a Grecia. Allí ya eran conocidos como los Gálatas. En Francia lo fueron como los Galos, y en Irlanda, Bretaña y Galicia como los Gaélicos.  

Los Celtas crearon un nuevo orden social, cultural, religioso, artístico y lingüístico en todo el ámbito geográfico que conquistaron a golpes de sus espadas de hierro. Casi toda Europa, a excepción de la casi mitad sur de la antigua Italia de los etruscos y de la zona que se extiende a ambos lados del Pirineo, la de los euskos, fue celtizada o quizás, pensó Mitarra, fuese más apropiado utilizar la expresión de celtificada a cal y canto.  

En cambio, los euskos supieron mantener casi escrupulosamente el dominio de su zona. La que va del Garona al Ebro.  

Mitarra contempló cómo los euskos que habitaban por aquella época entre estos dos grandes ríos, supieron frenar la arremetida celta, y mantener nítidamente los límites de sus fronteras.  

Para ello contribuyeron varios factores: La abundancia de mineral de hierro, que había casi a flor de tierra en innumerables lugares de Hegoalde, les proporcionó la posibilidad de fabricar ingentes cantidades de unas espadas cortas de doble filo que más tarde, alrededor de tres siglos después, fueron adoptadas por las legiones de Roma; las particularidades orográficas de su montañoso terreno; la perfecta organización social y militar dirigida desde Tarbea; y el espíritu indomable que les dictaba que a malas no hay que aceptar nada.  

Mitarra entendió el porqué de la victoria política, social y militar que obtuvieron los euskos a costa de los emotivos Celtas. Sin embargo, no todo fueron parabienes.  

Por una parte, con el transcurso de la guerra, la dirección del país fue derivando hacia los hombres, dado que éstos estaban físicamente mejor dotados que las mujeres para el ejercicio tan poco sabio de la guerra. Por otra parte, fueron más de quinientos años de encarnizados combates, y los euskos cedieron algunas pequeñas parcelas en los límites de su solar. 

Los Konsorotsonas y los Konbaronas supieron cumplir con su papel de avanzadilla defensiva por Oriente, y se mantuvieron como un bastión inexpugnable al otro lado del Garona. Pero por el Norte, los Celtas consiguieron tomar Tolosa y una pequeña franja del país de los Elurateas, así como la zona del estuario de la Gironde, el país de los Boliateas.  

Por el Sur, después de años y años y años de combatir en la defensa de la impresionante fortaleza natural de Mequinenza, los Ilerdiateas tuvieron que abandonar la rivera del Segre – Noguera Ribagorçana, y retirarse hasta la segunda línea defensiva que constituía el río Gállego, el cual fue el que marcó la separación de la influencia celta de la eusko.  

Asimismo, también hubo enconados enfrentamientos en la sierra de Cantabria que impidieron la entrada por el Sur de los Celtas Berones, gracias al denodado esfuerzo de los Basakonas. Por último, la puerta de Birobeskas fue mantenida tenazmente por los euskos Kantaurikos y Aurpegionas.  

El resto del país se mantuvo a resguardo de las embestidas celtas, y éstos tuvieron que acabar por aceptar que, a malas, poco se podía hacer con los obstinados y orgullosos euskos. 

Así que sobrevino una época de paz, en la cual, Celtas y euskos supieron convivir como personas sensatas. Al sur de Eguzkia estaba Celtiberia, llamada Hispania por griegos y romanos. Al norte, Las Galias.  

Y en medio quedó el viejo solar con unas pequeñas mordeduras en el perímetro de su contorno exterior defensivo, el cual, con el transcurso del tiempo, fue una zona de amalgama en la que se fundieron ambas culturas y ambas lenguas. De esta manera, Boliateas, Konsorotsonas, Konbaronas, Jakateas, Sussateas, Ilerdiateas y Kantaurikos hicieron de crisol entre Celtas y euskos. 

Pero aquella época era más inestable que un tembloroso flan recién hecho, pensó Mitarra, y la paz era un bien casi inexistente. Quizá por eso, los siguientes que llegaron eran unos fervorosos y entusiastas propagadores de la poco pacífica “Pax Romana”. 

lauburu

Dedicado a Arnaud Oihenart, historiador y autor de los Proverbes Basques en 1657.

 

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