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Los expedicionarios iberos se acomodaron en derredor de un frondoso roble y tras un interminable e indescriptible conciliábulo, teñido incluso de algún que otro verso cantado, aquellos montes  quedaronse para siempre  con el nombre de Kantauria. Después de semejantes deliberaciones, prosiguieron la búsqueda del origen perdido del caudaloso Ibaiber, allá en el brumoso Mendebalde de donde vienen las temibles galernas, a donde van los furiosos vendavales y por donde asimismo acostumbra a ocultarse con precisión matemática la vivificante luz del Dios Solar. 

En la siguiente jornada de marcha, y siempre con la sierra de Kantauria a su derecha, los variopintos componentes de la comitiva investigadora de ignotos parajes, fueron testigos de algo que les dejó sin aliento, aunque para los Bigerrias de la expedición fuera la jubilosa confirmación de uno de sus más viejos conocimientos. 

Lo fantástico comenzó cuando, estando acampados en la orilla del gran río, con la intención de pasar la noche de la manera más confortable posible, observaron cómo a lo lejos, justamente en unos montes que se encuentran enfrente de los agrestes peñascales de Kantauria, se encendían y se apagaban unos llamativos fogonazos de un rojo ígneo de alta intensidad. El espectáculo les cautivó y les sorprendió también, porque no entendían el porqué de la intermitencia pictórica. 

Al despertar el día comprobaron que se habían apagado los lejanos fuegos, pero no obstante decidieron dirigirse al misterioso y refulgente lugar. Tardaron algo más de media jornada en acceder a las estribaciones de aquellos desconcertantes montes.  

Sobre una no muy extensa planicie, la cual se iba elevando suavemente hacia unas alturas boscosas, contemplaron, con todo el asombro del mundo, Siete impresionantes rostros de gran tamaño, esculpidos en Siete rocas que colgaban encima de la explanada, y revestidos de una apariencia mortecina cuya tonalidad les recordó el aspecto que adquieren las brasas cuando el espíritu del fuego comienza a declinar inexorable y lánguidamente, a la manera de la frágil personalidad humana, tan dada a entretenerse en aspectos tales como la familia, la religión, la raza, la nacionalidad, la posesión de bienes y personas, la gloria, y tantos otros juguetes más. 

Pero los viejos Bigerrias, los conocidos como Pueblos Blandos porque ellos mismos afirmaban que para obtener el conocimiento era preciso ablandar antes toda idea preconcebida,  entendieron que se encontraban ante la presencia viva de un legado de la remotísima raza de gigantes, la Tercera Raza Raíz, que precedió a su ya para entonces antiquísima raza, la Cuarta Raza Raíz.  

Los Bigerrias sabían que su pueblo no era originario de las montañas del Cáucaso, o Iberia oriental; sabían que, antes de su estancia en las faldas del Ararat, su procedencia provenía de viejos continentes que ya habían sido devorados por las aguas de los mares, porque simplemente eran tierras de mareas, porque simplemente fueron engullidos por las caóticas aguas que se producen cada cierto tiempo, cada vez que el eje de la Tierra oscila en su inclinación cuando los hielos polares o bien se extienden en exceso o bien se reducen en extremo.  

En consecuencia con ello también sabían que, muchísimo antes de la última gran catástrofe, las tierras del Mundo, las cuales no se correspondían en nada con la actual distribución, habían sido habitadas por los gigantescos seres de la Tercera Raza Raíz, los andróginos Titanes de Lemuria, los constructores de las impresionantes moles ciclópeas de piedra que se esparcen por Monument Valley en Arizona.  

Además,  los Bigerrias sabían que su pueblo ibero pertenecía  a una de las últimas subrazas de la Cuarta Raza Raíz, la de los Atlantes que construyeron las tres pirámides del Nilo y que erigieron las estatuas de la Isla de Pascua, así como las cinco desconcertantes estatuas de Bamijan, localidad situada hacia el centro de Afganistán y a casi 8.000 mts. de altitud, sin que por ello, misteriosamente, se encuentre cubierta por los eternos hielos, por las nieves perpetuas que siempre acostumbran a estar presentes a semejante altura. 

Y por último, también sabían que los aborígenes cuya presencia les llamó la atención en las inmediaciones del campamento de Larraona, eran de uno de los muchos grupos étnicos de la incipiente Quinta Raza Raíz, o la raza encargada de evolucionar en los nuevos continentes: las tierras de Europa, parte de Asia, Norte de África y Norte de América. La raza semítica aria indoeuropea de Noé. 

Todo este complicado esquema evolutivo, aunque con otra terminología, fue narrado por los Bigerrias, al pie de los Siete formidables rostros esculpidos en la roja roca, con una cierta emoción no muy bien contenida, pese a la moderación expresiva que, en todo momento y lugar, mantenían los maestros espirituales de los expedicionarios.  

Además explicaron que en la ignota y remotísima época de la Tercera Raza Raíz, la de los también etéreos Titanes de Lemuria, la humanidad de entonces conocía el secreto del poder para modelar la materia pétrea de la naturaleza, y que para ello se valían del conocimiento del fuego que no ardía, pero que permitía manejar la piedra como quien juega con un barro hecho de arcilla.  

Y la mejor prueba de ello, concluyeron, era la presencia de los altivos rostros y la luminosidad ígnea que habían presenciado durante la inquietante noche anterior. 

Así que pese a semejante perspectiva, decidieron pernoctar en el mágico lugar, para ver si se volvía a reproducir el espectáculo luminoso; pero nunca más volvió a repetirse. 

La expedición entendió que los fuegos de la noche anterior, habían sido como una especie de señal para atraerles a la majestuosidad insolente del lugar, testigo mudo de la grandiosidad pasada de razas ya desaparecidas, como, así mismo, también sería olvidada la suya y todas las que vengan después, hasta que el gran ciclo Manbantar del tiempo se cumpla con el advenimiento y decadencia de la séptima y última subraza de la Séptima Raza Raíz.  

Por todo lo antedicho, entendieron la fragilidad de la soberbia y el valor de la auténtica humildad, tan lejana del boato de la vanidad y de la arrogancia de la ignorancia; y tan próxima, por ende, a la intrínseca esencia del ser. 

Después de varios días de estancia en el ancestral entorno, la columna exploradora abandonó el lugar, dejando a unos cuantos Bigerrias y algún que otro Ibardula al cuidado del ámbito que como esfera luminosa sigue girando sin principio ni fin.  

Los que se quedaron excavaron grutas en la ladera de un montículo próximo a los pétreos rostros, para encerrarse en ellas a la manera del místico anacoreta, o del asceta ermitaño, o de cualquier otro tipo de eremita yogui devocional. 

También, ¡cómo no¡, bautizaron el emplazamiento, el cual les recordaría para siempre la inexorable futilidad humana, con el certero y enigmático nombre de Suso. 

dolmen

Dedicado a Madame Blavatsky.