Patxo, Iñaki y Juantxo durmieron la garbanzada durante algo más de 10 horas. Al despertar, les llegó, desde la cocina, un incitante aroma a chocolate casero. Las dos amatxos habían preparado un buen puchero de chocolate y, de no se sabe dónde, tenían dispuesto encima de la mesa una espléndida fuente de churros calientes bien espolvoreados de azúcar. Mientras sus dos anfitrionas les contaban toda su vida, el comando itinerante de ETA acabó con todo el material comestible y bebible.  

Hablaba Virtudes. — La libertad de la patria vasca siempre para nosotras lo más importante ha sido. Los fascistas españoles después de la guerra civil nos fusilaron al padre cuando niñas de pocos años éramos. Desde entonces, nuestra madre nos inculcó el amor a todo lo nuestro y el afán de justicia ante la falta de libertad para poder ser vascos, para poder hablar nuestro idioma, en fin, para poder vivir felices en nuestra tierra. Después siendo unas jovencitas, nuestra madre dejaba el caserío a los primeros chicos de ETA para sus reuniones. Haciendo lo mismo nosotras hemos seguido. Los españoles nos han bombardeado, matado, encarcelado; y ahora siguen haciendo lo mismo, pero con la poca vergüenza de la laguntza del PNV. Así que si no nos quieren hacer caso por las buenas, por las malas ya lo harán. Y aquí estamos, dispuestas a haser todo lo que podamos haser. Txokolate gehiago nahi duzue? Ah, Jesús, qué “cabesa” ¿cuándo creéis que saldrán todos los chicos de la cárcel?.  

Ninguno de los tres contestó a la última pregunta de Virtudes, y tras restregarse bien los labios con las servilletas, decidieron salir a la huerta del caserío para ver qué se podía hacer.  

Estuvieron dedicados a la huerta, bajo la experta dirección de Patxo, hasta la hora de comer. Una suculenta alubiada les esperaba para reponer fuerzas. Las morcillas, chorizos, costillas, tocino y carne estaban humeantes sobre una fuente de loza. Una sopera de buen tamaño contenía las alubias rojizas que se unían entre sí por medio de un caldo espeso y untuoso. Un frasco de guindillas verdes, dos botellas de vino tinto y un pan de pueblo completaban la decoración de la mesa.  

Iñaki estaba muy a gusto con las dos señoras de la casa, y las quiso poner al corriente de la actual estrategia revolucionaria del conjunto del Movimiento Nacional Vasco de Liberación. O como se diga. 

— Mira Virtudes y también para ti, Adela, estamos en la “faxe dencisiva” de nuestra lucha de liberación nacional. El sistema opresor español no nos quiere dar nuestros derechos, pese a que la voluntad del pueblo vasco está a nuestro favor. Si no fuese por la represión brutal que se practica con el pueblo vasco y por las televisiones y demás medios mediáticos de información vendidos al gobierno español; los vascos se atreverían a expresar su auténtica opinión. Pero no nos dejan. Solamente nos dejan oír sus mentiras y nos prohíben nuestros derechos. Por eso luchamos, para defendernos de sus engaños y de sus asesinatos. Por eso es que les tenemos que responder con sus mismas armas. Si ellos nos matan y nos encarcelan, nosotros los matamos y los encarcelamos. Así de claro. El opresor sistema español no va a soportar por más tiempo nuestra estrategia de golpearles donde más les duele. ¡En los concejales! Que sepan los españoles que si siguen votando a concejales del PP, nosotros los vamos a seguir liquidando. Así hasta que se sienten a negociar el tema de los presos y el de la “autodeterminnación”. Si no nos dan lo que queremos, seguiremos hostiándoles hasta que lo hagan. Cuando nos den la libertad que exigimos, habrá elecciones libres de verdad, pero para que voten únicamente aquellos que han nacido aquí, y ésos sí pueden votar lo que quieran, pero los que han nacido fuera de aquí, no tienen derecho a elegir el futuro de nuestro pueblo. 

Virtudes y Adela asintieron con la cabeza a las últimas palabras de la sutil estrategia revolucionaria de Iñaki. Juantxo, el ideólogo del comando, miraba a Iñaki con cara de pocos amigos. 

— Calla animal. Eres más facha que el bigotitos de ayer. La cuestión no es que haya que hostiar a los concejales, votados por el pueblo, hasta que nos den lo que queramos. Es mucho más. El sistema capitalista nos explota y nos condena al paro, a la marginación, a la cárcel y a la abolición de Euskadi como nación. Somos enemigos de clase. Nuestra estrategia se basa en desenmascarar la auténtica cara del sistema burgués español. En esa lucha por la libertad de los pueblos y de la clase obrera, nos tenemos que defender, pero, al mismo tiempo, debemos también utilizar el instrumento revolucionario de la violencia. Nuestra lucha no tiene un fin concreto a corto plazo. El final sólo lo alcanzaremos cuando el sistema democrático burgués sea superado y establezcamos la auténtica democracia popular que emana de las asambleas de fábrica, de barrios y de pueblos, sin que se permita que los partidos utilicen la mentira y la demagogia. Sin partidos. Sólo estará el Estado Socialista Vasco para garantizar que funcione el sistema revolucionario y auténticamente democrático. En este sistema votan todos los ciudadanos vascos, sin tener en cuenta si son de aquí o de fuera. Pero no se vota a partidos, se vota a personas. Si solamente pudiesen votar los nacidos aquí, tu padre que es de fuera, aunque lleva toda la vida trabajando aquí, no habría podido votar nunca. 

Virtudes y Adela, también asintieron otra vez con la cabeza. Iñaki le respondió que para lo que votaba su padre, mejor sería que no lo hiciese. 

— Además, listo de los cojones, en qué hostias se diferencia tu estrategia de la mía?, — apostilló con énfasis desmedido el tragón de Iñaki. 

Juantxo empezó a explicarle lo de la misión histórica de las clases obreras de todo el mundo mundialmente mundial, cuando Patxo intervino en la aparente confrontación ideológica.  

— Bueno, escuchadme un momento, yo sí creo que tiene que haber partidos. Pero sólo podrán votar los que se sientan vascos de verdad, sean de aquí o de fuera.  

Virtudes y Adela volvieron a asentir con la cabeza, mientras les ponían encima de la mesa un inmenso bol de cristal lleno de arroz con leche. Ante semejante visión, se dejó el diseño de la estrategia revolucionaria para más adelante, y se entregaron con ardor revolucionario a vaciar el contenido del bol.  

Después tomaron café, unas copitas de pacharán y se fumaron un farias por barba. Dejaron transcurrir la tarde. Patxo se dedicó a dar consejos hortícolas a las dos experimentadas baserritarras . A eso de las 7, Patxo dijo a su gente que ya era hora de volver al tajo. 

Se despidieron de Virtudes y Adela, salieron de Astrabudua y se fueron para Bilbao. Aparcaron el coche y se presentaron en el mismo portal de la Alameda de Rekalde , en donde la tarde anterior les había dicho un vecino que su amigo Ben Ríos estaba siempre todos los martes por la tarde en casa. Juantxo miró la relación de nombres que aparecían en el interfono y pulsó el botón correspondiente al de B. Ríos. Una voz se oyó a través del aparato.  

— ¿Quién es?, si tus intenciones son positivas, siempre tendrás un hueco en mi casa, pero si no lo son, es preferible que sigas tu camino. 

El comando se quedó un tanto indeciso. Patxo fue el primero en reaccionar. — Señor, llevamos dos días esperando para poder entrar en su domicilio a mirarle el contador del agua. Parece que no funciona bien, está señalando demasiado consumo de agua. Es para ponérselo bien y así no tendrá que pagar tanto. 

Se oyó el sonido de apertura de la puerta y el comando se introdujo en el portal. Subieron por las escaleras hasta el piso segundo y Patxo, Iñaki y Juantxo desenfundaron sus respectivas armas.  

En el rellano del segundo piso había dos puertas. La de la derecha tenía una chapita con el nombre de B. Ríos. Pulsaron el timbre. La puerta se abrió y un agradable señor de pelo blanco, vestido con un chandal, les recibió con una amplia y enigmática sonrisa.  

Iñaki le dio un empujón y lo tiró sobre el suelo de la sala. Patxo y Juantxo se fueron a registrar la casa.
El señor Ben Ríos comenzó a hablar. — Ya me habéis localizado. He estado más de veinte años evitando que me capturaseis, pero al final lo habéis conseguido. De todas formas, no voy a deciros nada. 

Patxo y Juantxo volvieron a la sala. Iñaki les informó. — Este pájaro parece de cuidado. Dice que no nos va a decir nada. 

Patxo le miró directamente a los ojos. — ¿Dónde está Mitarra? 

El señor Ríos le respondió. — No me vais a confundir con vuestra jerigonza perversa. Mis hermanos del planeta blanco de Urantia ya me lo advirtieron. Me dijeron que si alguna vez llegaba a caer en vuestro cautiverio, me llevaríais molecularmente para transportar mi esencia energética a vuestro siniestro planeta de Urga. No es la primera vez que intentáis acabar conmigo, para evitar que difunda en todo el orbe, cuáles son vuestras auténticas intenciones diabólicas. Pero habéis llegado tarde. Hace tiempo que me reúno todos los martes con un grupo de amigos de “La Luz Astral”, para explicarles y prevenirles de vuestros satánicos planes. No podréis evitar que la humanidad del planeta Tierra sepa de vuestra ignominia cósmica y de mi martirio. Podéis hacerme lo que queráis, pero yo no voy a deciros nada. Aunque me implantéis un chip en el cerebro, no conseguiréis doblegar mi indómita voluntad de servir a las fuerzas intergalácticas del bien y de la armonía cósmica.  
— Pero qué coño está diciendo este pirao?—, dijo Iñaki con cara de sorpresa. Patxo agarró por las solapas al señor Ríos y le volvió a preguntar por Mitarra.  

— Ya os he dicho que no pienso colaborar en vuestros oscuros planes. Yo me debo a la causa de los urantianos y siempre estaremos dispuestos a combatir a los temidos urganos. ¿Cómo me vais a trasladar a vuestra nave? ¿A través de un rayo de luz catódica? ¿Por desintegración molecular? 

Iñaki le dijo al intergaláctico secuestrado que le iba a desintegrar todas las moléculas del cuerpo, pero a hostias. Patxo mandó callar a todos y analizó la situación. Mitarra no estaba en el piso franco del CESID, y el tal Benjamin Ríos parecía dominar las técnicas de dispersión y confusión que se suelen impartir a los agentes de campo para superar los interrogatorios cuando caen en manos del enemigo. Cayó en la cuenta de que el pájaro de Benjamin Ríos iba a ser un tipo duro de pelar.  

— Aquí no estamos seguros. Aquí no le podemos interrogar. En cualquier momento pueden aparecer sus compañeros. Vamos a llevarlo a Astrabudua y allí, con tiempo, acabará por contarnos todo lo que sabe.

El secuestrado y según él, futuro abducido, comenzó otra vez a hablar. — Llevadme, llevadme adonde queráis. No conozco el astro de Astrabudua. ¿En dónde está? ¿O no es un astro? ¿Es un viaje astral?  

— Calla, hijo puta —, le dijo Iñaki, — ya sabemos quién eres. Eres un “mencenario” del sistema asesino que quiere acabar con los auténticos patriotas de Euskadi.  

En ese momento sonó el timbre de la puerta. Juantxo miró por la mirilla. — Es el vecino de ayer con otra persona. ¿Serán también del CESID?  

Patxo abrió la puerta y encañonó a los dos sorprendidos visitantes.— Pasad adentro o os frío a tiros.  

Pasaron y se encontraron a su amigo Ben Ríos que estaba siendo encañonado por Iñaki. El señor Ríos les puso al corriente de la situación. 

— Ya os dije que la conjunción astral para el día de hoy, no nos era muy favorable. Ha ocurrido lo que siempre hemos temido. Hemos sido localizados por las terribles huestes de Urga. Piensan desintegrarnos molecularmente y transportarnos catódicamente a sus pavorosas celdas.  

Iñaki le metió un pañuelo en la boca y le ató las muñecas con una cinta adhesiva que sacó de un bolsillo. A continuación, hicieron un buen embalaje con los dos visitantes y los dejaron bien atados y amordazados sobre la alfombra de la sala.  

Patxo mandó a Juantxo a que fuese a por el coche, y se puso en la ventana para ver cuándo aparecía Juantxo con el automóvil. Cuando vio que el coche paraba enfrente del portal, le quitaron la mordaza al señor Ríos y bajaron a la calle, llevando entre Patxo e Iñaki a un señor de pelo blanco y chandal que decía que había sido secuestrado por extraterrestres. Iñaki le puso el brazo sobre los hombros, y con naturalidad atravesaron la acera para introducirse en el automóvil que conducía Juantxo.  

Arrancaron suavemente y emprendieron el corto viaje a Astrabudua, donde lo más seguro les esperaría una buena cena que, con todo el amor del mundo, habrían preparado las dos amatxos guerrilleras.  

Antes de salir de Bilbao, le volvieron a poner la mordaza al señor B. Ríos. Por si acaso. Por si intentaba de nuevo confundirles con sus maniobras de evasión y confusión. Poco después, también le colocaron una capucha y le obligaron a tumbarse en el suelo del coche.  

Sin duda alguna, el señor Benedicto Ríos, Ben para sus amigos, se encontraba en pleno orgasmo cósmico. Había vivido, durante más de 20 años, estando plenamente convencido de que su destino lo habían dictado las estrellas. Pensaba que el eterno conflicto entre las fuerzas del bien y del mal, estaba representado en su galaxia por el enfrentamiento que, desde hacía interminables eones de tiempo, tenían entre sí los planetas de Urantia y Urga. 

Los de Urantia eran los buenos y los de Urga los malos. Los contactos, telepáticamente mentales, que tenía con los buenos, le habían informado, hace ya muchos años atrás, que estaba predestinado a ser un nuevo salvador cósmico, que gracias a su martirio a manos de los malos, iba a contribuir al triunfo de los buenos. Se consideraba un Mesías Intergaláctico, y ¡por fin!, había llegado su histórico y anunciado momento. Por fin, las huestes de Urga habían dado con él. Habían dado con M. I.  

Patxo, Iñaki y Juantxo, junto con su preciada presa, llegaron a la casa de Virtudes y Adela. Sin que se enterasen las dueñas del caserío, introdujeron subrepticiamente al señor Ríos en una de las camas del dormitorio de Patxo, y tras inyectarle un potente narcótico, suministrado en Paris por la intendencia de la organización, se fueron a cenar. 

Para tal evento, las dos nutritivas cocineras habían dispuesto, encima de la mesa, una sopera con un puré de alubias de las sobras del mediodía. El puré estaba salpicado de trocitos de pan frito. Además, había una hermosa cazuela de barro, repleta de albondiguillas, acompañada de una fuente circular que sustentaba una apetitosa tortilla de patatas con cebolla.  

Pese a que el comando tenía una cierta preocupación, debida al hecho de tener un nuevo inquilino en la casa sin el conocimientos de las dueñas, no fue óbice para que acabasen con casi toda la comida.  

Patxo dijo que estaba tan buena la tortilla que se iba a llevar las sobras a su dormitorio, por si le entraba el hambre por la noche. A Iñaki, que había pensado desayunar al día siguiente las sobras de la tortilla, no le gustó mucho la maniobra de Patxo.  

— Pero, tú, ¿desde cuándo te entra a ti el hambre por la noche?

Patxo le fulminó con una mirada que daba a entender que, además de tragón, era más ciego que un topo con capucha. Patxo pensó que cómo hostias se podía ser tan zoquete como para no darse cuenta de que la tortilla era para el agente del CESID que estaba drogado en su dormitorio. 

Virtudes le dijo a Patxo que le parecía muy bien la idea que había tenido, y le puso, en una pequeña fuente, las cuatro albondiguillas que habían sobrado, junto con los restos de la tortilla. Era por si tenía mucha hambre.  

Adela colocó la fuente en una bandeja, en la cual ya había puesto antes un trozo de pan, una servilleta, unos cubiertos y un vaso de vino tinto. Se desearon buenas noches y el comando, junto con la tortilla, subió a sus dormitorios, dejando a las dos hermanas con todo el proceso del fregado de la vajilla.  

Juantxo se había ofrecido para ayudarlas, pero las etxekoandres nunca pueden aceptar eso. Y muchísimo menos si no hay muchísima confianza. 

Comprobaron que el agente especial de los servicios secretos españoles seguía bajo los efectos del narcótico, y se pusieron a discutir el plan de trabajo. Eran conscientes de que los dos compañeros suyos que habían dejado maniatados en el piso franco del CESID, si se soltaban o si aparecía un cuarto agente, podían informar a sus superiores del secuestro de uno de los suyos.  

Eso supondría poner en alerta a Mitarra, con la consiguiente dificultad que se añadiría a la ya de por sí difícil misión que tenían. Pero Patxo se había pasado con el narcótico, y el señor Ríos seguía en las nubes.  

Así era imposible hacerle un interrogatorio como Dios manda. Decidieron que lo mejor era dejarlo para el día siguiente. Antes de separarse, Patxo les dio el parte de las actividades a realizar durante el siguiente día.  

— En primer lugar, es necesario que las dos viejas no se enteren que tenemos a este pájaro aquí. Para ello, mañana les decís a las dos señoras que me he puesto enfermo. Les decís que tengo una enfermedad muy rara y que cuando me entra la crisis, no puedo ver a nadie y sólo me apetece estar a solas en mi habitación. ¿Entendéis por qué os digo esto?

Patxo miró a sus dos compañeros y pensó que, por si acaso, sería mejor que lo explicase.  

— No se le puede dejar a éste solo —, y señaló al dormido intergaláctico, — y tampoco deben de entrar aquí las dos viejas. Bueno, ni las dos, ni una. ¿Comprendéis?  

Esta vez, Patxo quería asegurarse bien el desarrollo de la operación, no sea que volviese a ocurrir algo parecido a lo del domingo pasado en Donostia.  

— Y no habléis demasiado, sólo lo justo. En segundo lugar, es preciso interrogar a este pájaro. Porque igual hay que apretarle las tuercas, es mejor que mañana no estén por aquí ni Virtudes ni Adela. Por eso, tú Juantxo, las vas a llevar mañana de excursión por la costa vizcaina, o por donde quieras. Les dices que va a venir un capo importante de la organización, y que es necesario que no haya testigos, o algo por el estilo. Os marcháis por ahí y no me las traes hasta por lo menos las 6 de la tarde. En ese tiempo, Iñaki y yo, ya habremos conseguido que cante el pájaro durmiente. ¿Alguna duda?. No. Pues a dormir, que mañana tenemos que hacer muchas cosas.  

Cada uno se metió en su cama, hasta que a eso de las 4 de la mañana, Iñaki y Juantxo se despertaron un poco sobresaltados por un intenso y penetrante aullido.  

El señor Ríos había estado las tres últimas horas en una situación mental un poco complicada de definir. Por una parte, aún le quedaban restos de los efectos del narcótico. Después y además, también tenía el amodorramiento natural del sueño nocturno. Luego, bajo la influencia de la droga y de la excitación del secuestro, tenía la imaginación más suelta que nunca. Por último, su consciencia semi dormida le recordaba que el designio de los tiempos comenzaba a manifestarse.  

Pensaba, medio consciente, medio inconsciente, que tenía que estar a la altura de la misión encomendada por las más sublimes jerarquías planetarias. Pidió ayuda telepática a sus superiores de Urantia, y éstos le respondieron con gran prontitud.  

Le comunicaron que el gran momento había llegado y que no se podía rajar. Asimismo, le dijeron, telepáticamente, que todas las humanidades de todos los sistemas solares de la galaxia, esperaban y confiaban en que supiese cumplir con honor la difícil tarea de cargar sobre sus hombros la cruz que suponía su martirio a manos de la esencia intrínseca del mal, representada por sus carceleros de Urga.  

Era un noble sacrificio para concentrar toda la maldad en su ser, y así dejar en paz al resto del Universo. Era el chivo expiatorio de una noble y gran causa.  

Por último, le dieron una fórmula mántrica para recitar en los momentos que viese que las fuerzas le abandonaban.  

La comunicación se cortó y el señor Ríos comenzó a entonar la fórmula mágica. Más que nada para aprendérsela bien.

Patxo estaba roncando en la cama de al lado cuando le despertaron unas voces expresadas con un cierto ritmo. Se incorporó en la cama y vio que el agente del CESID estaba murmurando algo. Se levantó y se acercó a la cama del señor Ríos.  

— Tú, hijo puta, es mejor que no digas ni pío. Te voy a explicar cuál es tu situación. Te vamos a dejar en paz, hasta mañana por la mañana, para que recapacites. Mañana nos vas a contar todo. Nos vas a decir en dónde está Mitarra y en qué consiste el acuerdo que habéis llegado con él. Si cooperas, te dejaremos salir libre, pero como nos causes problemas y no quieras hablar, te arranco todas las uñas de los pies. ¿Entendido? Ahora, para que veas que si quieres, te podemos tratar bien, te puedes comer estas albondiguillas y esta tortilla.  

Patxo le puso encima de la cama la fuente con las viandas. El señor Ríos era consciente de que el martirio estaba comenzando. Pensó que las torturas serían tanto de índole sicológica como física. Ya le habían anunciado lo que harían con él mañana. Le iban a arrancar las uñas de los pies. Después le someterían a los más refinados suplicios ideados por las perversas mentes de Urga.  

Así que cuando Patxo le presentó la bandeja con las cuatro albondiguillas, el señor Ríos, Benedicto, vio unas clásicas estructuras atómicas esferoidales, pero densamente solidificadas e impregnadas de una sustancia viscosa de un color repugnante.  

Reflexionó sobre la esencia del suplicio al que le iban a someter, y su contacto telepático le informó sobre el mismo. Las cuatro esferas atómicas densamente solidificadas, una vez introducidas o insertadas en su estómago, tenían la función de expandirse hasta provocarle desgarradores dolores en el aparato digestivo. La sustancia viscosa que rodeaba a las infernales bolas, era una pócima altamente corrosiva que intensificaría su martirio abdominal.  

No pudo controlar el pánico que le entró, y olvidándose del canto mágico para estos apuros, lanzó un sonoro aullido, al mismo tiempo que daba un manotazo a la bandeja. El contenido esferoidal se desparramó sobre la colcha de la cama. 

Cuando entraron Iñaki y Juantxo, pipa en mano, en el dormitorio de Patxo, le encontraron introduciendo una servilleta en la boca del agente del CESID para que no gritara más.  

— ¿Qué hostias pasa? —, dijo Iñaki con una expresión feroz en la cara, — ¿se quiere escapar el txakurra

Patxo les tranquilizó a los dos y les informó que el pájaro era un cabrón. Decidieron darle otra ración de narcótico para que no metiese más ruido. Patxo calculó que las dos etxekoandres saldrían con Juantxo para las 11 de la mañana, y le puso la dosis que consideró oportuna. Iñaki aprovechó la ocasión, y se comió las albondiguillas y la tortilla. Juantxo le llamó animal y se volvieron los dos a su habitación.  

Patxo no pudo conciliar el sueño. Lo que más le molestaba era estar en la cama sin poder dormir. Los pensamientos que le aparecían cuando tenía la mente en blanco, no le agradaban en absoluto.  

Patxo estaba en ETA porque era un abertzale , y punto. Se consideraba un patriota, al que le había tocado luchar por la libertad de su pueblo. Quería que se respetase la voluntad de Euskal Herria.  

Durante algunos años, no tuvo muchos problemas en interelacionar su forma de pensar con la realidad vasca. Pero desde hacía 2 ó 3 años, estaba un poco desconcertado. No entendía  por qué ahora la voluntad del pueblo estaba en contra de su lucha. ¡Si era por su libertad! 

No obstante, aunque no quisiese profundizar en la cuestión, a nada que se pusiera a pensar, le entraba una desazón y una inquietud que le oprimían el estómago. Ellos estaban dispuestos a dar sus vidas por la defensa de la voluntad popular vasca, y la voluntad popular, tenía que reconocer que en una inmensa mayoría, no quería que diesen sus vidas por Euskal Herria.  

Es más, tampoco querían que siguiesen combatiendo al eterno enemigo español. Siempre que llegaba a este punto, optaba por dejar de pensar. Se consolaba, diciéndose a sí mismo, que al final serían reconocidos como unos héroes.  

También era consciente de que el carácter se le estaba amargando. Nunca había sido un prodigio de amabilidad y de felicidad, pero últimamente tenía peor mala hostia que nunca. No le gustaba perder los estribos en público, y en un principio intentó controlar su agresiva emotividad, pero acabó convenciéndose de que era imposible.  

Él era como era y no había nada que hacer. No le valía de nada el aparentar calma y serenidad, cuando por dentro le hervía el desasosiego, la frustración y la inquietud. Aquí también encontró un consuelo. Creía que Iñaki era mucho peor que él, y el sentirse mejor que el de Barakaldo le ayudaba cuando pensaba si se gustaba o no.  

Sí, definitivamente era mejor que Iñaki. Él por lo menos sabía que no era bueno el descontrol emotivo, pero Iñaki ni se lo planteaba. Suspiró, mientras se imaginaba a un Patxo sereno y tranquilo que no perdía el control de su situación emotiva en ninguna circunstancia.  

Decidió no darle más vueltas al asunto, y comenzó a planificar el interrogatorio del día siguiente. Estaba más a gusto en la acción que en la reflexión. Cuando estaba inmerso en la acción, no tenía tiempo para meditaciones que al fin y al cabo, según pensaba, no valían para nada. Como mucho, sólo servían para comerse el tarro. Había que seguir para delante. Aurrera mutilak .  

Era un continuo seguir a ninguna parte, pero igual, alguna vez se conseguiría que la leche se convirtiese en mantequilla. Era un destino muy romántico, pero, sin embargo, de continuar persistiendo obstinadamente en el empleo de la violencia, tal vez la mantequilla se acabase por agriar fatalmente para los vascos.  

De todas formas, se dijo a sí mismo un Gora Euskadi . La racionalidad aún no le había llegado al estómago, ni al corazón; no obstante, son estas pequeñas reflexiones las que acaban posibilitando el advenimiento de la razón.  

Patxo se concentró en la acción del día siguiente. Pensó que el funcionario del gobierno español iba a ser de cuidado. Cuando le anunció que le iba a arrancar las uñas, le miró directamente a los ojos y se percató de que el prisionero no le daba mucha importancia.  

Después, cuando le presentó la bandeja, tuvo los santos cojones de mandarla a tomar por el saco. Y para colmo, hasta se atrevió a lanzar un aullido, que más que un grito, parecía la sirena de un coche patrulla. Seguro que lo hizo para llamar la atención y para comprobar si estaba en un piso o en una casa de campo.  

Una vez, Patxo había leído en una novela que un agente secreto que estaba secuestrado, lanzaba gritos para comprobar el rebote de las ondas sonoras en las paredes, y así saber cuál era su espesor. Si eran de gran espesor, suponía que serían las paredes de alguna casa de campo.  

Con estas deducciones tan brillantes y perspicaces, la conclusión a la que llegó Patxo con respecto al agente secreto español que dormitaba en la cama de al lado, fue que sería un funcionario de élite, perfectamente preparado para resistir cualquier tipo de interrogatorio. Quizás con sólo apretarle las tuercas, no sería suficiente.  

Se acordó que además del narcótico, también tenía una dosis de pentobarbital sódico. Nunca lo había utilizado, pero en las explicaciones que le dio Korta sobre los efectos del producto, le dijo que era una sustancia sedante e hipnótica. “Vamos, que primero les tranquiliza y luego les quita la voluntad. De esa forma, no tienen ningún inconveniente en largar todo lo que saben”. Patxo pensó que si no había más remedio, le suministraría una buena ración del pentobarbi ese de los cojones.  

Un poco antes del amanecer, Patxo echó una cabezadita de apenas una hora. Los ruidos que provenían de abajo le despertaron y supuso que las dos afamadas cocineras habían comenzado su jornada de creaciones gastronómicas. Se levantó de la cama, comprobó que el agente secreto seguía durmiendo, y se fue a despertar a Iñaki y Juantxo. A los 10 minutos estaban otra vez reunidos los tres delante de la cama del señor Ríos.  

— Bueno muchachos —, dijo Patxo, — vamos a atar al pájaro éste a este pilar de madera.  

Entre los tres levantaron el abotargado cuerpo del dormido agente secreto, y como en una película de indios, le ataron de pies a uno de los postes de madera que hacían la función de pilar para sujetar una viga, también de madera, que cruzaba el techo del dormitorio. Una vez atado y amordazado, por si le daba por comprobar otra vez el grosor de las paredes, Patxo mandó a sus dos compañeros para abajo.  

— Ya sabéis lo que tenéis que decir a las viejas. Y no habléis demasiado. ¿De acuerdo?

Ederto —, respondieron los dos al mismo tiempo. Se fueron para la cocina, y Patxo cogió el prospecto con las instrucciones del sedante hipnótico. Pasó el rato con ellas, hasta que al cabo de más de media hora volvieron sus dos compinches.  

— Todo perfecto —, dijo Juantxo, — vamos a ir de excursión a Bilbao. Me han dicho que quieren visitar a un matrimonio amigo suyo que vive en la calle Astarloa . En cuanto a lo de tu enfermedad, se lo han creído a la primera, porque también ellas han oído el grito de esta noche del hijo puta éste. Estaban un poco asustadas, pero Iñaki las ha tranquilizado.  

— Sí —, intervino Iñaki, — les he dicho que tu “donlencia” es muy grave y un poco contagiosa. Te da por gritar y comer mucho. Lo mejor es que no te toquen los huevos. Me han comprendido y han dicho que van a preparar la comida del mediodía. Porque no tienen mucho tiempo, van a hacer algo rápido. Una porrusalda y unas morcillas con berza. Les he dicho que hagan de más, por tu “donlencia”, y que yo te voy a cuidar muy bien.  

Patxo comprendió que se les había olvidado el decirles que venía un capo de la organización, pero pensó que no tendría mucha importancia. 

— Bien, vale, de acuerdo, ederki , pero no regreses con ellas hasta las 6 por lo menos.  

Juantxo asintió. El comando itinerante se dispuso a esperar a que las dos etxekoandres se preparasen para el viaje a Bilbao. Iñaki se tumbó en la cama, Juantxo se asomó a la ventana, y Patxo siguió con las instrucciones del pentobarbital.  

En cuanto al secuestrado, hacía ya un ratito que el mártir intergaláctico había vuelto en sí, pero optó por hacerse el dormido. Cuando comprobó que estaba atado a un poste de sacrificios rituales, le volvió a entrar el pánico, pero esta vez no intentó gritar.  

Además, no podía. Le habían introducido una sustancia extraña y nauseabunda en la boca con sabe Dios qué diabólicas intenciones. Estuvo repitiendo mentalmente el cántico mágico o fórmula mántrica que según le habían explicado sus amigos de Urantia, le permitiría soportar dignamente el martirio.  

Las dos hermanas prepararon la comida, se pusieron sus mejores galas, y avisaron a Juantxo que ya estaban listas. El chofer de las dos señoras bajó a la cocina, y se fueron para Bilbao. Patxo e Iñaki se encararon con el funcionario. Le quitaron la servilleta de la boca, y el experto en obtener información comenzó con su delicado trabajo.  

— Tú, hijo puta, no te hagas el dormido que ya sabemos que estás despierto. Si no quieres que te arranque las uñas de los pies, ya puedes empezar a desembuchar todo lo que sabes sobre Mitarra. 

Patxo dio un pisotón en uno de los pies descalzos del señor Ríos. Benedicto Ríos abrió los ojos y se dispuso a soportar estoicamente las más refinadas diabluras. Para ello, entonó en voz alta su canción protectora. La música era la misma que la de “La Cucaracha”, y la letra decía: “los de Urga, los de Urga no van a poder conmigo, porque me siento, porque me noto, protegido por Urantia”. Repitió la estrofa mágica 2 ó 3 veces, hasta que Iñaki le dio un sopapo en la cara.  

— Cabrón, estás más pirao que los que escuchan bacalao. Si no quieres que te hostie, empieza a cantar, pero otra canción. Canta la canción de Mitarra—. Y le dio otro sopapo.  

Benedicto comenzó de nuevo con la versión galáctica de “La Cucaracha”. Patxo confirmó sus sospechas. Les iba a costar mucho trabajo doblegar la indómita voluntad del agente del CESID. Sin pensárselo dos veces, tomó un par de dosis del sedante amansador de voluntades, y se las suministró al prisionero astral de Astrabudua.  

Benedicto no se opuso al pinchazo y arreció con su canción. Al poco tiempo se sintió completamente relajado. Un amodorramiento muy dulce pero persistente le fue invadiendo por todo el cuerpo, pero curiosamente, pensó el prisionero de Urga, la mente estaba en perfecto estado. No sentía ninguna preocupación, y se imaginó que la fórmula mántrica le había protegido, y, además, lo que más le apetecía era comunicarse con sus captores. Quizás les podría ganar para la causa. No esperó a que le preguntasen. 

— Satánicos seres pervertidos que provenís del más remoto confín de la galaxia. Yo os advierto y os comunico que vuestras tenebrosas conspiraciones y horrendas maquinaciones están condenadas al fracaso. Serán contrarrestadas por la impoluta claridad de la luz astral de Urantia. La más grande y la más caudalosa corriente de luz jamás vista. Vuestro designio de someter a las fuerzas del bien, no se verá coronado con el laurel de la victoria. Aún estáis a tiempo de variar vuestro dramático destino. Oidme bien, dejad vuestras máscaras de terror e integraros en la gloria y en la paz.  

— Este cabrón nos quiere convencer de que nos hagamos una tregua —, comentó Iñaki a Patxo, — ¿le doy una hostia a este demagogo?  

Patxo puso la mano encima de la boca de Benedicto. — Calla hijo puta, no vamos a hacer ninguna tregua. Os vamos a combatir hasta que nos concedáis el derecho a la autodeterminación. Ahora escucha bien. Nos tienes que decir qué es lo que os ha dicho Mitarra. Contesta por favor—. En las instrucciones había leído que no era necesaria la violencia cuando el interrogado está bajo los efectos de la droga.  

Benedicto Ríos no sabía quién era Mitarra, pero tenía ganas de agradar a sus captores. Les iba a dar amor, comprensión y toda la información que quisieran, porque la verdad siempre es pregonable.  

Estuvo un rato pensando y supuso que el tal Mitarra sería algún comandante de alguna nave intergaláctica de Urantia. Recordó que el único comandante de Urantia que conocía, era un ser casi angelical, que una vez, junto con una urantiana rubia de extraordinaria belleza, se le presentó en el monte Umbe.  

El contacto y posterior abducción, se produjo, 15 años atrás, en una noche de verano. La noche era espléndida y la luminosidad de la luna y el fulgor de las incontables miríadas de estrellas, daban un aspecto mágico a las proximidades del recinto milagroso de la Virgen de Umbe.  

Estaba, solo, allí porque su contacto telepático le había informado de la cita con una nave de Urantia. Los recuerdos eran un poco confusos, pero sí se acordaba de las últimas palabras del viajero espacial, que según parecía, tenía el nombre de Mitarra.  

El comandante Mitarra le dijo en el interior de la nave que volviese a su planeta azul, para explicar a todo el mundo que, pese a la intrínseca maldad de Urga, al final los designios lumínicos de Urantia se impondrían en la conciencia de los humanos.  

Así que ni corto ni perezoso, les dijo a Patxo y a Iñaki que lo único que sabía de Mitarra era que una vez había estado con él, y que le dijo que al final iban a perder la batalla los de Urga. También les comunicó que el tal Mitarra estaba acompañado de una exuberante mujer rubia.  

Patxo e Iñaki se miraron entre sí. Ambos pensaron que comenzaba a dar resultados la droga de la verdad. Patxo le informó a Iñaki que la mujer rubia era la paloma que vivía en la calle San Ignacio de Donostia.  

— De eso también me he “enterao” yo, joder —, le replicó Iñaki con cara de ofendido. 

Benedicto seguía con su monólogo. — Amigos míos, pese a la dureza de vuestro corazón, yo os amo. 

Iñaki le interrumpió. — Anda la hostia, encima es pacifista. ¿Será de Gesto por la Paz?

— Calla soplagaitas, déjale que siga informando —, le gritó Patxo a Iñaki. Patxo se dio cuenta de que había vuelto a perder el autocontrol. Eso le hizo enfadarse más con Iñaki, en vez de enfadarse consigo mismo. Se concentró en el interrogatorio.  

— Dime buen hombre, ¿qué planes tenía Mitarra?

Benedicto comprobó que el lenguaje del amor hacía estragos en las huestes de Urga. — Amados míos, Mitarra tiene los planes más maravillosos del Universo. Quiere la paz, quiere que termine el enfrentamiento que desde siempre hemos tenido con vosotros. Para ello, hace falta que nos sentemos todos alrededor del cósmico círculo de una mesa de buena voluntad, y que abramos nuestros corazones con toda sinceridad. Mitarra quiere que acabe la guerra y también quiere entregarnos todo lo que tiene. Sobre todo amor.  

— ¿Se nos habrá amariconado Mitarra? —. Patxo fulminó con una mirada a Iñaki. Respiró hondo y le repitió a Iñaki, esta vez casi hasta con amabilidad, que por favor no volviese a abrir más la boca.  

La mente de Patxo analizó los últimos datos obtenidos. Mitarra les ha ofrecido una tregua y las armas de la organización. ¿A cambio de qué?, pensó. ¿De amor?. Tuvo una inspiración y lo vio todo claro. Entregaba la organización al enemigo a cambio de un trato de amistad y de algún favor que seguro que le concederían. Las palabras de Korta se estaban confirmando. Mitarra era un redomado traidor. Patxo le hizo otra pregunta al agente Ríos.  

— Buen hombre, amadísimo enemigo, ¿en dónde está ahora Mitarra? 

— Mitarra estará en Urantia —, contestó con solemnidad el señor de la abducción de Umbe.  

— ¿En Urantia, en dónde está eso? 

Benedicto aceptó, sin preguntarse el porqué, que el de Urga no supiese en dónde estaba Urantia, o acaso porque era un parraplas de cuidado.  

— Urantia está en el confín de la galaxia opuesto al vuestro. Se sitúa en el otro extremo, para equilibrar la influencia de vuestras equivocadas radiaciones. Se encuentra a muchos años luz de vuestra zona. Algún día, la luz de Urantia iluminará la oscuridad de Urga. Es todo lo que os puedo decir. No dispongo de más datos. Ahora dejadme que os cante el glorioso himno estelar de Urantia, el cual está cósmicamente diseñado para producir el equilibrio necesario allá donde se posa la impóluta luz de Urantia. “Los de Urga, los de Urga no van a poder conmigo, porque me siento, porque …..”.  

Patxo se cagó en Dios. Había vuelto a escabullirse en la pregunta clave. La rigurosa preparación técnica y mental de los agentes del CESID era superior a lo que había imaginado. Hacía falta inyectarle más suero de la verdad. Le metió dos raciones más.  

Fue demasiado para Benedicto y entró en un estado parecido al del coma etílico, cuando además de alcohol, va acompañado de alucinógenos, de opiáceos, y de la lectura de las obras completas de Mao.  

Durante casi 24 horas, el prisionero planetario y agente secreto eficazmente preparado, no volvió a abrir la boca. Patxo se quedó a medias y no pudo obtener lo más sustancioso de una información tan vital.  

Patxo estaba cansado, cabreado y un poco frustrado. No sabía qué se podía hacer. La solución se la planteó Iñaki.  

— Querido jefe, si no te parece mal, podíamos bajar a la cocina a comer la porrusalda y las morcillas. 

Patxo aceptó y se fueron para abajo, dejando a Benedicto atado al poste, con la cabeza inclinada y apoyada en el pecho. Patxo “mucho pecho” apenas tenía apetito, pero, en cambio, Iñaki hizo honor al menú.  

— Estimado y amadísimo jefe, ¿puedo dar mi opinión sobre lo que ha pasado arriba?  

Patxo le dijo que se dejase de mariconadas y que podía hablar. — La organización es muy democrática y aquí podemos hablar todos; claro, siempre y cuando que no se vaya en contra de ella, o se digan tonterías. Aquí pasa como en todos los partidos políticos. 

Iñaki se animó. — Para mí que el pirao de arriba está más revirao que un bacalao remojao en la ría de Bilbao. Yo creo que sufre de alucinaciones paranoicas con delirios de grandeza y de persecución, producidos por una esquizofrenia de tipo afectivo, que le distorsiona la mente y le hace confundir la realidad con la imaginación. A mí me parece que habría que hostiarlo. 

Patxo le miró sorprendido y le preguntó que cómo coño sabía hablar así. — Es que lo he leído esta mañana en tu horóscopo, en el Egin, y me ha gustado lo que decía de ti y la he “apuntao”.  

Patxo le contestó que de paranoico nada. — Ni yo, ni el del poste, somos unos paranoicos. El de arriba es un agente de puta madre que nos va a costar Dios y ayuda el conseguir que nos diga en dónde está Mitarra. En lo que sí tienes razón, es que habrá que hostiarlo.  

Patxo dio por zanjado el tema de la salud mental del interrogado y del interrogador, y se dedicó a mirar el telediario de una de las cadenas televisivas. Al poco rato, se levantó de la mesa y se fue para arriba, dejando a Iñaki acabando con la última morcilla. 

Entró en el dormitorio con una toalla empapada de agua para intentar reanimar al agente español. Mientras le mojaba la cara, pensaba qué sería eso de Urantia. ¿Alguna nueva sección de seguridad de la txakurrada?  

Había pasado una mala noche y la tensión del interrogatorio y las paridas de Iñaki le tenían muy fatigado. No supo encontrar una explicación a lo de Urantia.  

Estaba a punto de dejar el asunto, cuando de repente se acordó de la habilidad de Juantxo para descifrar la clave de Intxaurrondo.  

Comenzó a pensar en Urantia como si fuese una palabra euskaldun. “Ur-antia”. Igual el agente secreto no estaba familiarizado con el euskera, y lo que realmente quería decir era “ur-andia”. Agua grande o gran agua.  

Patxo recordó que también había dicho el interrogado que Urantia era la más grande y la más caudalosa corriente. Urantia podía ser un río ancho y caudaloso. Las imágenes del telediario del mediodía, que había visto mientras picoteaba la porrusalda, vinieron en su ayuda.  

El comentarista explicaba que el próximo lunes, día de la Hermandad, se iba a reunir en Zaragoza todo el elenco estamental del Estado Español. Las imágenes que acompañaban las palabras, mostraban la catedral del Pilar, con su gran cúpula recortada sobre la orilla del ancho río Ebro.  

Todo el puzle se le ordenó. Mitarra se había ido a Zaragoza para negociar con algún gerifalte. En ese momento, Iñaki entró en la habitación, con un palillo en la boca y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.  

Patxo le explicó su descubrimiento. Iñaki soltó una de las suyas. —Joder, Mitarra es tan chulo que seguro que va a negociar con el mismísimo Rey.  

El responsable del comando mostró su conformidad a la hipótesis de Iñaki, asintiendo con la cabeza, apretando los labios y frunciendo el entrecejo. Estaba cada vez más convencido de que había dado en el clavo.  

De todas formas, sería conveniente contrastarlo con el inconsciente agente del CESID. Intentó reanimarlo de nuevo y comprobó que, por lo menos por ahora, era imposible.  

Pensó que igual se había pasado con el tratamiento de persuasión química. No había más remedio que aplazar la segunda parte del interrogatorio para más adelante. Decidió que lo mejor sería salir a dar una vuelta por los alrededores del caserío para despejar la cabeza, y de paso, desde algún bar que encontrase, llamar a Korta para informarle de todas sus andanzas.  

Bueno, pensó, todo, todo, no le contaría, pero sí lo más sustancial. Desde que salieron de París, hacía ya casi una semana, no se había puesto en contacto con su jefe.  

Le comentó a Iñaki lo que pensaba hacer, soltaron del poste del martirio a Benedicto, y lo metieron en la cama. Tuvieron la precaución de amarrarlo al lecho con una cuerda que subió Iñaki. Al salir, Patxo le dijo a Iñaki que estaría de vuelta para dentro de una hora.  

Patxo se fue paseando hasta un barrio que se encontraba a algo más de 1 km. de la casa. Encontró un bar, pidió un café y un pacharán, y cogió el teléfono. El sistema establecido para contactar telefónicamente con Korta, consistía en que primero había que llamar al número de teléfono de una supuesta empresa de import – export que servía de tapadera para las actividades un tanto irregulares de Korta. Casi siempre era Korta el que estaba de guardia.  

Patxo marcó el número de París y al poco tiempo oyó la voz de Korta que decía un “aló monsieur”. Patxo le dijo en francés que quería hablar con “monsieur L’Étable”. Korta le respondió, también en francés, que “monsieur L’Étable” no se encontraba en ese momento y que llamase al día siguiente. Patxo colgó el auricular.  

Ahora debía de esperar unos 10 minutos para volver a llamar, pero esta vez la llamada se hacía a un teléfono público de un restaurante que se encontraba en las inmediaciones de la empresa tapadera de Korta.  

Transcurridos los 10 minutos, Patxo volvió a coger el teléfono, y la voz de Korta, esta vez en euskera, apareció de nuevo a través del auricular.  

— Joder, mamón, ya era hora. ¿En dónde estáis? Me llamó hace dos días el gran capo y no le pude decir nada de lo vuestro. Os voy a cortar las pelotas. ¿Le habéis encontrado?  

Patxo le dio el parte de guerra de los últimos 7 días, omitiendo algún que otro desconcertante incidente. Terminó su informe telefónico con el descubrimiento que había hecho esa misma tarde.  

— Pero estate tranquilo, joder, al final hemos obtenido una buena pista. Nos ha costado la hostia hacer hablar al contacto de Mita, pero le hemos apretado bien las tuercas, y un poco antes de desmayarse nos ha dado a entender que Mita está en Zaragoza. El próximo lunes se reúne allí toda la gerifaltada, y parece ser que ha ido allí para negociar sus cosas. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos para Zaragoza? 

Korta analizó la información recibida. Estaba al tanto de la “Operación Infierno” de Retama, y supuso que no era descabellado que Mitarra estuviese en Zaragoza. Pensó que Mita se había enterado de que el golpe era para el próximo lunes, y que se había ido a Zaragoza a intentar evitarlo. Terminó su reflexión con una evidente conclusión. “Este hijo puta es más cabrón de lo que pensaba”. Una vez analizada la situación, con soltura dialéctica, le dio a su subordinado una única instrucción.  

— Escucha Patxo, apretarle un poco más las tuercas al poli ese, y llámame cuando hayas confirmado lo de Mita. El gran capo me tiene que llamar mañana o pasado mañana, y para entonces quiero decirle algo definitivo. ¿Entendido? Geroarte.

La comunicación se cortó y Patxo pidió la cuenta. El café y el pacharán le costaron algo menos de 500 pts., pero las dos conferencias le salieron por más de mil duros. Tuvo que decir al dueño del local que tenía una hija en Londres, y que cada vez que la llamaba, se dejaba media paga en ello. Se despidió y volvió al caserío de Virtudes y Adela. 

Entró en la casa y subió para el dormitorio con el firme propósito de confirmar cuanto antes si su teoría era cierta. Tenía que despertar al agente como sea. Sin embargo, el panorama con el que se encontró, le puso los pelos de punta.  

Iñaki roncaba a pierna suelta sobre la cama de Patxo, y el señor Ríos, que para Patxo era un experimentado agente del CESID, estaba realizando una danza cósmica alrededor de la cama en donde dormía Iñaki. Aquí también, Patxo tuvo su particular visión.  

Le pareció que el super agente estaba a punto de descargarle un golpe con la mano, a la manera de un consumado maestro en artes marciales.  

En ese momento oyó que un coche aparcaba delante de la casa. Pensó que Juantxo había llegado antes de lo estipulado. Agarró el orinal de loza que se encontraba a los pies de la cama, y lo estampó en la cabeza de Benedicto. Éste cayó como un tronco sobre Iñaki.  

El bello roncador se despertó sobresaltado, y pensando que era atacado por el prisionero, le agarró por el cuello y lo tiró entre las dos camas al suelo. Patxo le tranquilizó, diciéndole que menos mal que había llegado en el momento oportuno. 

— Te iba a dar un golpe mortal con el canto de la mano. ¿Cómo hostias se ha soltado de la cama?  

Iñaki iba a decir algo, cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe. Juantxo entró muy contento.  

— Muchachos, he tenido una idea perfecta para aprovisionarnos de fondos. ¿No andaremos muy sobrados de dinero? —. Miró a Patxo como para esperar su confirmación, pero continuó exponiendo el plan que había forjado para fortalecer las débiles arcas del comando itinerante. — He conocido una pescadería que está al lado del portal en donde viven los amigos de Virtudes y Adela, que según me han asegurado las dos viejas, se la conoce en Bilbao con el nombre de “Joyerías Vascas” por los productos y por los precios que tiene. Fijaros cómo será la cosa, que tiene pegadas varias tarjetas visa en el escaparate. Como en las joyerías de verdad. 

Patxo, medio a punto de un ataque de nervios, le iba a contestar que se dejase de decir chorradas, cuando Iñaki, una vez más, se le adelantó.  

— Pero qué quieres levantar? ¿Algún besugo, un kilo de angulas o qué? Tú estás más revirao y paranoico que éste —, y señaló al tumbado entre las dos camas, pero miró a Patxo.  

El responsable del talde operativo de la organización, se dio cuenta de que estaba en un tris de sufrir algún trastorno, que no supo definir exactamente si era de orden fisiológico o de orden mental. Patxo se sentó en la cama y empezó a respirar profundamente para calmar su delicado sistema nervioso. Pensó que se estaba haciendo viejo para este trabajo. Iñaki y Juantxo seguían con su intercambio dialéctico.  

— Animal, no hablo de robar pescados, joder, sino de quedarnos con la caja. Después llamamos a una radio y reivindicamos que el robo lo han hecho la Agrupación Militar de las Células Ecológicas en Defensa de la Fauna Marina. 

— ¿Fauna Marina? Tú si que eres una fauna marina repleta de besugos y merluzos. ¿Qué coño quieres hacer? ¿Llevarte una caja de percebes? 

Patxo se derrumbó sobre la cama y lanzó un prolongado suspiro. Casi entre sollozos y sin mucho ánimo, con un tono de voz muy frágil, les dijo que por favor le dejasen solo. 

— Colocar al txakurra en la cama, atarlo bien para que no se vuelva a soltar, y decirles a las dos de abajo que estaré descansando hasta la hora de la cena. No quiero que nadie me moleste. ¿Entendido?  

Iñaki y Juantxo realizaron con prontitud las instrucciones recibidas de su deprimido responsable, y se fueron del dormitorio. Juantxo le preguntó a Iñaki, mientras bajaban por las escaleras, que qué era lo que le pasaba al jefe. Iñaki le contestó que tenía una esquizofrenia afectiva que le estaba haciendo polvo. — ¡Ya se lo decía hoy su horóscopo! —, dijo con un cierto conocimiento de causa.  

Patxo no sabía en qué pensar para calmar su inquietud, su desasosiego y también su mala leche. Korta se había enfadado mucho; tenía que confirmar su teoría y el super agente estaba medio muerto del orinalazo que le había propinado; mañana o pasado mañana, el super jefe Retama iba a llamar a su jefe, y era fundamental obtener la confirmación definitiva del prisionero; y para colmo, Iñaki y Juantxo le sacaban de quicio.  

Estaba hasta los huevos de todo. Pero Patxo no conocía la técnica yoga para estos casos de caos mental, emotivo y físico, y tuvo que pasar el amargo cáliz a puro huevo. Se enroscó en posición fetal y deseó poder quedarse dormido.  

Estaba pasando un auténtico miércoles de ceniza. No podía dormirse y volvió a desear poder dormir. Pero no sabía a quién pedirlo, ni cómo pedirlo.  

La angustia se fue adueñando de todo su ser, y la depresión alcanzó sus más altas cotas de expresión, haciéndole llorar desconsoladamente y haciéndole pensar que tenía menos suerte en esta vida que la de una merluza en el momento de caer presa en la red, para ser vendida en la pescadería de las “Joyerías Vascas” esas de las pelotas.  

La naturaleza vino en su ayuda y le impregnó, a través del sistema nervioso, del suficiente cansancio como para, por fin, quedarse dormido. Los sueños, tampoco fueron muy placenteros, pero por lo menos, los sueños eran sólo sueños.  

Una voz que le recordaba lo desagradable que puede llegar a ser la vida, le despertó a las dos horas.  

— Amadísimo jefe, ya está la cena y me han dicho que te pregunte si vas a bajar a cenar, o si prefieres que te la suba yo. También me han dicho que te diga que tu enfermedad se cura comiendo mucho y tomando después el agua de cocer unas espinas de bacalao. No les he dicho nada de tu esquizofrenia afectiva.  

Patxo se percató de que la dura realidad volvía a emerger, y le dijo a Iñaki que iba a bajar a cenar. Necesitaba ver otras caras y sobre todo no quería ni imaginar la perspectiva de ser servido en la cama por el incombustible Iñaki.  

Se levantó y bajó para la cocina, más que nada por evadirse de la pesadilla de la realidad. Esta vez, el menú consistía en una gran fuente llena de guisantes y en un par de hermosas cazuelas de bacalao al pil-pil.  

Virtudes le sirvió una especial, abundante y terapéutica ración de cada cosa, que obligó a Patxo a comérselo todo para evitar la posibilidad de ser tratado con el agua de la cocción de las espinas del bacalao. Pero por si acaso, por si pese a comer mucho, aún le querían suministrar la pócima de espinas, recogió todos los esqueletos del bacalao, y los arrojó a la basura.  

Mientras tanto, Juantxo no había olvidado su plan de atracar a una pescadería, y volvió a la carga. — Virtudes, dile a éstos cómo es esa pescadería de la calle Astarloa. 

Juantxo quería ayudar a su jefe en los problemas económicos que pudiese tener. Pero no sabía que la respuesta de Virtudes le iba a agravar su depresión.  

Virtudes hizo un gesto como si la pescadería fuese algo indescriptible, pero a continuación se explayó en el tema, mostrando variadas y curiosas derivaciones.  

— Bueno, bueno, eso es una auténtica maravilla. Cuando era joven Adela, iba casi todos los días a comprar a esa pescadería. Allí o por allí conoció a nuestros amigos. En aquella época, estuvo sirviendo en una casa de un médico muy famoso de Bilbao, y ella era la encargada de hacer las compras. Era una buena clienta de la pescadería. Después, cuando el médico y su mujer murieron en un accidente de avión por América, su único hijo que era un bala, se quedó con la casa, que al estar en la Plaza del Sagrado Corazón, valía un Potosí; y el golfo del hijo se gastó todo el dinero en menos de dos años. Fijaros cómo era, que muchas noches, cuando se estaba reponiendo de alguna juerga del día anterior con champán y mujeres, le apetecía tomar un caldito de langosta. La cocinera le cocía la langosta y él sólo se tomaba la sopita. ¡La de langostas que habrán cenado ésta y la cocinera!. El señorito era más chulo que un ocho rebozado a la bilbaina. Fijaros cómo era, que cuando alguien le preguntaba si era de Bilbao, el señorito les contestaba diciendo que Bilbao era de él, y no al revés. También, cuando un amigo le llamaba la atención por lo golfo que era, él solía decir al que le reñía que a ver cómo era capaz de decirle algo a él, a él que tenía tanta elegancia y prestancia, y a continuación se comparaba, con mucha gracia, con el que le había llamado la atención: “Pero parece mentira que tú me digas algo, y eso que eres pequeñito y medio calvo, si llegas a tener mi elegancia y mi figura, no sé qué me dirías”. Adela, muchas veces le oyó decirse delante de un espejo, que era el más guapo, el más listo, el más rico y el más elegante de Bilbao. Solía preguntar al espejo, después de haberse dicho lo perfecto que era, que ya que tenía de todo, ¿qué era lo que le podía faltar?. Yo le hubiera dicho que lo que le faltaba era un poco de sentido común. Le faltaba juisio, juisio. Después, el señorito se arruinó y comenzaron las apreturas. Una vez un amigo, que estaba ya hasta la coronilla del señorito, le dijo en casa, delante de Adela, que “ojalá te mueras antes de llegar a la edad que aparentas ahora”. Fijaros qué maldición. Pues se vé que le afectó mucho, porque dejó de beber, dejó las mujeres y poco después malvendió la casa, pagó las deudas y se fue a conocer mundo. Estuvo casi 20 años por ahí y una vez lo encontramos por Bilbao. Le dijo a Adela que había estado en muchos países, que había cambiado mucho, que ahora se dedicaba a ayudar a la gente, y que vivía de alquilado en la Alameda de Rekalde. Estaba muy bien y más guapo que antes. Nos dio una tarjeta suya. Adela, ¿tienes por ahí la tarjeta que te dio el señorito Benjamin Ríos?

Patxo se atragantó con la manzanilla que estaba tomando para digerir mejor todo lo que había tenido que cenar. No entendía cómo podían conocer al agente medio muerto de arriba. Todo se volvía a complicar inexplicablemente. Además, habían estado dos días para localizarlo, y las dos hermanas tenían hasta una tarjeta con la dirección del piso franco del CESID.  

Pero una duda le embargó el ánimo. Virtudes había dicho que vivía de alquilado. ¿Los alquilados tienen a su nombre el teléfono?. Y si el de arriba no era Benjamin Ríos? Había que salir de dudas y debía de mostrar el prisionero a sus dos viejas conocidas. Pero, ¿cómo lo haría? ¿Qué historia podía inventarse ahora? Estaba seco y espeso. 

Iñaki, que en el fondo lo que quería era confirmar su teoría de que el de arriba era un pirao de mucho “cuidao”, le dijo a Patxo, mientras le guiñaba un ojo, que era una “casualidad muy causal” que las dos hermanas conociesen al capo de la organización que había llegado al mediodía y que estaba en cama por haberse contagiado de la enfermedad de Patxo.  

El responsable del comando tardó un rato en entender la cobertura que le brindaba Iñaki. Pero al final la agarró al vuelo y se aprovechó de la ocurrencia de Iñaki. Patxo dijo que el capo de arriba se había contagiado de su enfermedad, y que también se llamaba Benjamin Ríos, y que por lo tanto, cabía la posibilidad de que fuese el señorito Benjamin de la sopita de langosta.  

— Está bastante enfermo y me gustaría que lo vieseis. No os hemos dicho nada para no daros más preocupaciones.  

Virtudes y Adela no sabían nada de la visita de un responsable de la organización, y muchísimo menos que el señorito Benjamin fuese un cuadro tan importante de la infraestructura de ETA. Se fueron todos para arriba y los malos presagios de Patxo se confirmaron. 

Adela dijo que ni por el forro se parecía el hombre de la cama a su señorito. Patxo se volvió a sentar en su cama y Virtudes bajó a la cocina. La depresión le volvió a morder con ferocidad. ¿A quién había interrogado pues? Y lo de Zaragoza, su única pista, ¿era también falsa? ¿Y por qué había tantos Benjamin Ríos en Rekalde? Estaba como al principio, pero totalmente desquiciado.  

Virtudes subió un plato de guisantes y con mucha paciencia, comenzó a alimentar al magullado, física y mentalmente, agente del CESID, capo destacado de la organización, y Mesías y mártir galáctico de las perversas maquinaciones de la tenebrosa Urga.  

Benedicto Ríos volvió lo justo en sí, como para ver con espanto cómo una oscura arpía le introducía en la boca unos diminutos electrones de color verde pálido, mucho más mortíferos y dolorosos que los átomos esferoidales de dudoso color que le habían intentado endilgar la noche anterior. ¿O era esa misma noche? Pensó que el martirio continuaba, entonó las primeras palabras de su cántico mántrico, y volvió a sumirse en la inconsciencia.  

Patxo bajó a la cocina para darle fuerte a la botella de coñac. Le siguió toda la tropa, a excepción del quién sabe quién era el pirao que estaba hecho polvo y atado a una cama de arriba. Patxo se sirvió un par de vasos de un coñac peleón, que no de “Napoleón”, y pidió la tarjeta.  

Adela se la entregó. En efecto, ahí estaba el auténtico Benjamin Ríos. La tarjeta decía: “Monitor de la técnica de Kriya Yoga. Benjamin Ríos. Profesor doctorado en sicosomatismo consciente para el desarrollo físico, emocional y mental. Alameda de Rekalde, número tal, piso tal”. Acababa el texto de la tarjeta con una cita: “Que el sosiego se instale en vuestros corazones”.  

Patxo se sirvió un tercer vaso de coñac, y Virtudes puso delante de Iñaki y Juantxo dos enormes tazones de chocolate humeante. El responsable del comando itinerante pensó que a él también le hacía falta un poco de sosiego en su corazón, y miró a sus compañeros, como pidiendo ayuda.  

Sin embargo, Iñaki, en ese delicado instante, sólo se dedicaba a lamer con fruición los pegajosos restos de su tazón. Patxo se abatió aún más, y se fue para su dormitorio, y en el momento de salir de la cocina, oyó cómo Virtudes preguntaba a sus chicos si querían más chocolate.  

—¿Queréis más chocolate? 

Juantxo, aprovechando que Iñaki seguía con el tazón, intentaba convencerle de la viabilidad operativa del atraco a la pescadería. 

Patxo se dijo a sí mismo que no quería más chocolate. Pero no sabía a quién hacer semejante petición. Estaba atado a la rueda de donde sólo se puede salir utilizando el sentido común. 

Y así seguimos con los chicos de ETA, con chocolate y más chocolate, con merluzos y más merluzos, con txapapote y más txapapote. 

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Dedicado a Mario Onaindia Natxiondo, Bueno y Grande junto al Eje que equilibra.

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