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Arantza había llegado a Donostia un poco antes de las 9 de la noche. Tardó un rato en encontrar un sitio para aparcar el coche, pero al final coincidió, en tiempo y espacio, con un vehículo que salía de su lugar. Anduvo lista y aparcó su automóvil en el hueco que había quedado libre.  

Durante todo el trayecto de Bilbao a Donostia, estuvo repasando mentalmente los acontecimientos vividos en la capital vizcaina. Arantza era consciente del giro emocional que había tomado su vida al conocer a Mitarra.  

Las experiencias que tuvo con los hombres en su juventud, le habían enseñado que la mayoría de los hombres eran unos niños muy débiles. Desde entonces, Arantza, que había aceptado su condición de mujer exigente con respecto a los hombres, sabía que era muy difícil que un hombre llegase a interesarla.  

Había comprendido que las que quisieran llevarse bien con ellos, no tenían más remedio que hacer la vista gorda a muchas de las cosas que a ellos tanto les gustan, pero que en cambio, por lo general, a las mujeres les producen bastante repelús. Arantza no estaba dispuesta a pasar por ese trago para obtener la compañía de un hombre.  

Así se lo manifestó una vez a Benjamin, y su querido amigo le contó la historia de la evolución de la humanidad, desde la perspectiva de las relaciones de las mujeres con los hombres. 

Se la contó al poco tiempo de conocerse, paseando por la playa de La Concha, bajo un cálido sol de principios de marzo. Benjamin le dijo que durante toda la historia de la humanidad, las mujeres siempre habían aceptado resignadamente todo lo que no les gustaba de los hombres, porque, sencillamente, desde el principio de los tiempos, ellos eran más fuertes, físicamente hablando; y por eso, y ¡sólo por eso!, accedieron al poder sobre las mujeres.  

Desde el inicio de la humanidad, los hombres han forzado, golpeado o matado a las mujeres, si éstas no acataban sin rechistar cualquier apetencia de sus amos. En aquella época paleolítica, la relación del hombre con la mujer, además de servirles como desahogo del ímpetu sexual masculino, se basaba en el servilismo más absoluto de la hembra con respecto al macho.  

El dominio prepotente y violento que tenía el hombre sobre la mujer, hizo que los primitivos hombres no tuviesen que recurrir al pensamiento para relacionarse con las primitivas mujeres. Cuando querían algo, lo pedían y se les daba sin rechistar.  

Fue la época del garrotazo y tente tiesa, que tantas veces se ha visto reflejada en los tebeos. Pero una mente que no tiene que analizar para conseguir lo que quiere, no se desarrolla, ya que con el simple ejercicio de la voluntad, era suficiente para obtener cualquier cosa de la mujer.  

Los hombres no utilizaron la cabeza con las mujeres, sólo la violencia. Esta fase se corresponde con el culto al dios Kaka.  

Por el contrario, las mentes de las mujeres tenían que experimentar la situación opuesta. Su voluntad no les valía para nada, porque siempre se imponía la voluntad de los hombres, pero podían pensar para intentar dulcificar un poco su trágica existencia de esclavas.  

En aquella época, el hombre sólo desarrolló la fuerza y la voluntad. La mujer no tuvo más remedio que desarrollar la belleza y la inteligencia. La belleza y la inteligencia femenina fue la causa del derrocamiento del dios Kaka y de la aparición del dios Perel. 

Con el conocimiento que iban adquiriendo las mujeres sobre los hombres, desarrollaron la estrategia de la seducción. Ellos siguieron practicando el aquí te pillo y aquí te mato, pero empezaron a distinguir que era más apetecible que fueran ellas las que se insinuasen primero, porque, entre otras cosas, halagaba su vanidad de machos y jefes de la manada.  

Los hombres dieron un gran paso en su evolución, cuando notaron que para hacer sexo, eran preferibles las mujeres sensuales e insinuantes. Fue la época del máximo apogeo del dios Perel y el principio del culto a la mujer como la diosa madre de la naturaleza. Los hombres y las mujeres disfrutaron del placer del sexo por el sexo.  

Pero todos sabemos qué es lo que ocurre cuando la mujer puede expresar libremente su vitalidad sexual. Los hombres no están a su altura. Y eso fue la causa de la ruptura. Era un contrasentido el mantener la situación de amos y esclavas, cosa que seguían siendo por muy diosas madre que fuesen consideradas, y que al mismo tiempo, las esclavas dominasen sexualmente a los hombres.  

Cuando los hombres comprendieron que en unas relaciones sexuales de tú a tú con las mujeres, ellos siempre perdían, les entró el miedo al comprobar que el poder podía pasar a manos de ellas. Este temor a perder el poder sobre las mujeres, fue la causa del final de la época del dios Perel y del advenimiento del dios Oro. 

Los hombres, debido a que todavía seguían teniendo más desarrollada la fuerza física y la voluntad, dieron un golpe en la mesa, y las mujeres volvieron a su antigua condición de ser únicamente las esclavas de sus amos. Los hombres separaron las dos funciones que cumplían las mujeres.  

Para la función sensual, crearon los prostíbulos. Para la función servil, crearon las mujeres de un solo hombre. Se había individualizado la posesión sobre la mujer y se corregía dos problemas de una sola tacada.  

Por una parte, el viejo problema de la inferioridad sexual del hombre con respecto a la mujer. Con las prostitutas no importaba quedar mal, porque por su función meramente sensual y marginal, les daba igual la opinión que pudiesen tener sobre ellos.  

Además, con las esclavas que ahora pertenecían sólo a un solo hombre, crearon la esposa servil que sólo servía para trabajar y darles hijos, pero impidiendo que las mujeres disfrutasen del acto de concebir a los hijos. Los hombres inventaron el mito de que una esposa como Dios manda no debía disfrutar del sexo. El placer sexual de las mujeres quedó relegado y permitido únicamente a las prostitutas.  

Por otra parte, con el bienestar y pequeñas posesiones que se crearon en la época del dios Perel, los hombres quisieron transmitírselas a sus hijos. Pero para eso era preciso saber exactamente quiénes eran sus hijos.  

En consecuencia, el hombre creó unas leyes muy severas contra cualquier desliz amoroso de las esclavas – esposas - madres de sus herederos. Lapidaciones, hoguera, amputación de la nariz, empalamientos vaginales, son una muestra de los métodos que emplearon para obligar a las mujeres a que renunciasen a cualquier tipo de aventura.  

Impusieron sus leyes por la fuerza, y a continuación, otra vez, dejaron de pensar. La mujer tuvo que abandonar la estrategia de la seducción, y siguió perfeccionando su equipo intelectual por otros derroteros.  

La mujer descubrió otro punto débil de los hombres. Los hombres sentían orgullo por sus hijos varones, especialmente por el primogénito. Querían moldearlos a su propia imagen, para que después fuesen dignos de recibir lo que sus aguerridos padres habían conseguido con el duro trabajo o la dura lucha.  

Encargaron a la mujer la función de transmitir a los hijos varones todas aquellas normas que imponían los hombres. Durante los primeros años de la vida de los niños, las madres eran las educadoras. Después, serían los padres los encargados de darle el último toque varonil y machista.  

Se creó la familia, y la mujer a sus muchas funciones, las de esclava, esposa y madre, no tuvo más remedio que adoptar una más: la de educadora y transmisora de las leyes que el hombre, desde siempre, había impuesto a las mujeres.  

La mujer esclava – esposa - madre era la que garantizaba la continuidad del sistema, y tuvo que hacerlo porque, como siempre, le iba la vida en ello.  

Había empezado como esclava, después fue sensual, y ahora volvía a ser esclava, pero con la función añadida de madre educadora de los hijos del hombre. Todo para garantizar la supervivencia del afán violento, egoísta y posesivo del sexo más fuerte.  

Nació el concepto de la propiedad, el de la riqueza, el del poder, el de la política, el de la religión al servicio del sistema, el de la tecnificación de la violencia, y el de la guerra para conquistar más poder.  

Surgió la envidia, la avaricia, la sumisión de los pueblos, la conspiración, el olvido del dios Perel, el honor de morir con valor, y las gestas heroicas en el combate. Se escribieron grandes epopeyas. Las más conocidas fueron la Ilíada, la Odisea y la Eneida.  

Se creó el mundo de las emociones, con sus patriotismos, con sus honores guerreros y con sus fanatismos; pero también, las emociones humanas se desplazaron hacia el amor a las riquezas que proporcionaba el culto al dios Oro. 

Antes se deseaba la riqueza para poder vivir mejor. Sólo era un medio. Ahora se la deseaba para poder conseguir más riqueza. El afán de riqueza se convirtió en un fin. Las diferencias sociales se agudizaron y acabaron siendo irreconciliables. Pero la mujer tuvo que seguir siendo la fiel educadora de los valores masculinos. No tenía más remedio porque seguía siendo una esclava, por muy madre educadora que fuese.  

Pero la mente de la mujer seguía atenta a las nuevas modas y gustos que adoptaban los hombres. El hombre comenzaba a idealizar el concepto de saber morir con honor en la lucha por la defensa de causas nobles exentas de interés material o político. Se iniciaba el periodo del dios Romanticismo. 

El concepto de saber morir con honor en la defensa de los más débiles frente a los poderosos adoradores del dios Oro, fue un peldaño que contribuyó a dar otro gran paso. “El morir con honor” se llegó a equiparar con “el vencer como sea” de la época del dios Oro.  

Se creó la idea de que los humildes y los débiles también tenían honor. La mujer supo ver el nuevo cambio que se iniciaba. Si alguien estaba siendo humillado continuamente sin ninguna posibilidad de rebelarse, ese alguien eran las mujeres.  

Aprovecharon la ocasión y transmitieron a sus hijos el concepto que algunos hombres habían adoptado. Los amos de las mujeres comenzaron a verlas, además de esclavas, sensuales, esposas y madres, como a unos seres que también, precisamente por su condición de débiles, tenían honor y nobleza.  

Surgió el romanticismo y el concepto de la caballerosidad. Fue la época de las leyendas del rey Arturo y de la búsqueda del Grial. Nació el culto a la aventura y al riesgo por la defensa de los más débiles.  

La mujer se llevó la mejor parte. Seguía siendo esclava, esposa y madre, pero también en algunos casos, se la apreciaba y se la amaba. Tuvo la oportunidad de volver a ser la reina, por lo menos con los hombres románticos y enamorados.  

Se creó la literatura sobre pobres esposas de tiránicos maridos que eran protegidas por galantes caballeros aventureros y románticos. Así surgieron dos tipos de hombres. La mayoría que seguía siendo como siempre, y una minoría romántica que veía a la mujer como a un ser digno de darle algo de amor. Los románticos se embarcaron en la defensa de las mujeres, de los pueblos oprimidos, de los más débiles, de la justicia social, y en la defensa de la libertad de pensamiento. Se estaban creando las bases para la irrupción en escena del dios Razón. 

La religión de los papas de Roma había tenido dos funciones. Una ,la de ahogar la independencia del pensamiento. Otra, la de contribuir eficazmente a la supresión de la independencia y libertad de las mujeres. Esta situación opresiva para el intelecto humano y para las mujeres, que para el caso era casi lo mismo, se comenzó a resquebrajar gracias al impulso racionalista que muchos románticos pusieron en escena.  

Comenzó la época de la Ilustración y de las reformas religiosas. El viejo sistema, como siempre, puso toda la carne en el asador y en las hogueras para intentar evitar lo que se avecinaba.  

Las principales víctimas del reaccionario sistema religioso, como siempre, fueron las mujeres. Se las acusaba de brujería, se las torturaba y luego se las quemaba.  

Pero la evolución de la mente es un designio de la naturaleza que no hay Dios ni religión institucionalizada que lo pare y, más tarde que temprano, llegó el advenimiento del dios Razón.  

Con el tiempo se llegó a admitir que incluso las mujeres podían tener libertad de pensamiento y de expresión, claro está, siempre y cuando no fuese demasiado revolucionario. Los hombres, además de violentos, salidos, emotivos, egoístas y románticos, comenzaron la dura etapa del acceso a la racionalidad.  

Ya no lo basaban todo en la represión, en la sensualidad, en el egoísmo o en el romanticismo. Comenzaron a usar la inteligencia. Comenzaron a jugar en el campo que desde siempre habían estado jugando las mujeres. Pero lo hacían con varios miles de años de retraso con respecto a la mujer.  

Al principio no se enteraron y siguieron pensando que eran los reyes del mundo. Las clases sociales más oprimidas también aprovecharon la liberalización de las ideas para exponer sus reivindicaciones, y así fue cómo se originó el movimiento Socialista e Internacionalista que consiguió establecer el actual sistema de bienestar social para Occidente.  

Con semejantes avances sociales, las mujeres también supieron sacar partido de la nueva situación. El único factor que las había mantenido pasivas y sumisas, la violencia del macho, empezaba a estar mal vista. El movimiento feminista fue ganando batallas que cien años atrás hubieran sido impensables. 

Libertad de expresión, libertad de separarse del marido no querido, derecho al voto, libertad de hacer con su cuerpo lo que más le apeteciese, y, sobre todo y ante todo, reconocimiento formal de que todos y todas tienen los mismos derechos ante la ley. Por lo menos, así lo proclaman todas las constituciones democráticas de Occidente.  

Cuando la mujer se vio libre del único impedimento que les obligaba a estar sumisas desde el principio de los tiempos, la reiterada violencia física y social impuesta por los hombres, comenzó a pisar el acelerador. Por fin eran personas con los mismos derechos que el ancestral amo y, además, todos los siglos dedicados a cultivar el intelecto, les colocaba y les ha colocado en una situación de privilegio con respecto a los hombres que con ellas sólo habían desarrollado e impuesto la autoridad del más fuerte.  

La naturaleza siempre es justa y acaba dando a cada uno lo que le corresponde. También en el aspecto sexual. Ahora, los hombres están comprobando que las mujeres ya no se callan si, como casi siempre, los hombres no saben o no pueden satisfacerlas convenientemente. El hombre, ahora que las leyes impiden forzar violentamente la voluntad de las mujeres, comienza a comprender que son inferiores a las mujeres en los campos de la sexualidad y en los de la inteligencia. Pero se lo han ganado a pulso durante muchos milenios, aunque todavía haya muchos que no lo admitan. 

Benjamin rectificó y en vez de decir “se lo han ganado”, se expresó con un “nos lo hemos ganado a pulso”. Arantza recordó que cuando Benjamin le contó, en la playa de la Concha, la triste y complicada historia del hombre, sintió una angustia mucho más grande que cualquier otra que hubiese podido padecer anteriormente. Benjamin se percató de ello, y le dijo que no se preocupase.  

— Todo tiene arreglo en este mundo. La evolución de la humanidad no es un producto aleatorio. Queramos comprenderlo o no, la evolución responde a un programa establecido previamente y perfectamente lógico. Como habrás visto, el panorama actual no parece muy halagüeño. Principalmente para los hombres, pero también para las mujeres que tendrán todavía que soportar los últimos coletazos del hombre Kaka – Oro que sigue pensando que la mujer es una propiedad más. 

Pero todo se supera y las mujeres, por ser más inteligentes y  más pasionales, ahora que las leyes les amparan, tienen libertad para presentarse tal como realmente son, y si el hombre no espabila ,tendrá que tragarse su mal entendido orgullo masculino.  

La solución ya la está dando el dios Sabiduría que hace poco que ha comenzado a regir. La humanidad ha pasado por las fases del dios Kaka, del Perel, del Oro, del Romanticismo, del Razón, y ahora estamos bajo la influencia del dios Sabiduría. La sabiduría es el nuevo reto que tiene la humanidad, especialmente los hombres que aún se rigen únicamente por su voluntad y por una pizca de raciocinio. La sabiduría es el resultado de la conjunción de una mente racional e imaginativa con un corazón desinteresado y generoso.  

Si en la época del dios Perel hubiera habido sabiduría, los hombres en vez de precipitarse en la fase de las emociones, de los egoísmos, de las religiones represoras y de las guerras de sometimiento a otros pueblos; habrían saltado la fase emocional y habrían gozado de la fase del romanticismo, pero sin abandonar el disfrute del sexo libre de tú a tú de la época del dios Perel.  

Si así hubiera sido, la historia de la Humanidad habría sido otra, pero cada cosa tiene su tiempo, y a un niño egoísta y emocional no se le puede pedir que se porte como un adulto responsable y generoso. Así que ya ves que pese a la existencia de fases negativas pero necesarias, la humanidad sigue avanzando, — concluyó Benjamin.  

Arantza evocó, mientras se acercaba al portal de su vivienda, que Benjamin debió de notar algún gesto de desconfianza en ella, porque le dijo que se lo iba a explicar de otra manera para ver si así lo veía más claro.  

— Mira Arantza, el hombre ya es casi un ser racional. En unas zonas más que en otras, pero en general se puede decir que con un poco de autocontrol, el hombre tiene bastante desarrollada la racionalidad. Ahora le hace falta desarrollar el amor desinteresado hacia todos los demás y por supuesto, también hacia la mujer.  

Tiene que aprender a respetar y amar a las mujeres, sin esperar ninguna gratificación de índole sexual o servil. De la misma forma que respeta y quiere a un camarada o a un amigo de toda la vida. Porque el principio de la sabiduría, o de la voluntariosa inteligencia amorosa, se basa en algo muy sencillo. Se basa en que jamás hay que hacer a los demás, todo aquello que no quieras que te lo hagan a ti.  

En el caso de la relación del hombre con la mujer, el principio es el mismo. Se debe de querer tratar a la mujer de la misma forma que le gustaría al hombre que le tratasen si fuera mujer. De esta forma se interactúa el querer, el pensar y el sentir.  

Cuanto más tiempo tarde el hombre en comprender esta regla tan simple, la mujer con inteligencia, que es la principal característica femenina, en la medida que vaya desarrollando su masculina voluntad, que es la característica masculina, va a pasar cada vez más de los hombres que no estén dispuestos a desarrollar su femenina inteligencia a través de su neutral sensibilidad.  

Me imagino que no hace falta decirte que sensibilidad no tiene nada que ver con sensibilismo. Así que el hombre debe aprender y aprenderá a utilizar su masculina voluntad para, a través de su neutral sensibilidad, desarrollar su femenina inteligencia.  

En cambio, la mujer ya está utilizando su femenina inteligencia y su neutral sensibilidad para, si los hombres se lo permiten, desarrollar su masculina voluntad. 

Arantza entendió el punto de vista de Benjamin, y desde entonces supo dar un contenido teórico a lo que ya conocía de sus experiencias con los hombres. Pero nunca dejó de mantener la secreta esperanza de que, tarde o temprano, tendría que aparecer un hombre que respondiese a lo que ella siempre había deseado e imaginado que se merecía. Como acostumbraba a decir Benjamin, la naturaleza o lo que sea, siempre concede a cada uno lo que le corresponde y lo que se ha merecido.  

— Siempre recibimos lo que nos hemos ganado a pulso. Tanto en lo bueno, como en lo malo, — dijo Benjamin mostrando una simpática sonrisa. 

gernika

Dedicado a todas las mujeres asesinadas por sus hombres.    

El Femenino Intelecto de la Quinta Raíz